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quinta-feira, 27 de novembro de 2014

A Devoção à Nossa Senhora das Graças da Medalha Milagrosa. SÚPLICA DE LA MEDALLA MILAGROSA. Le meraviglie della “Medaglia Miracolosa” – di Roberto de Mattei

Hoje é a Festa de Nossa Senhora das Graças da Medalha Milagrosa




         > A Oração à Nossa Senhora das Graças.A Devoção à Nossa Senhora das Graças
da Medalha Milagrosa
           > A Novena à Virgem Imaculada da Medalha Milagrosa.
            Foi na segunda aparição a 27 de novembro de 1830, em Paris, na França; que Nossa Senhora apareceu a uma das Irmãs da Caridade de São Vicente de Paulo, à humilde noviça Santa Catarina Labouré. Ela descreve como lhe foi revelada a Medalha da Imaculada Conceição:      
            A Virgem apareceu sobre um globo, pisando uma serpente e segurando nas mãos um globo menor, oferecendo-o à Deus, num gesto de súplica.
 

Enquanto A contemplava, Catarina ouviu uma voz que lhe disse:
 ”Este globo que vês representa o mundo inteiro e especialmente a França, e cada pessoa em particular. Os raios são o símbolo das Graças que derramo sobre as pessoas que Me as pedem. Os raios mais espessos correspondem às graças que as pessoas se recordam de pedir. Os raios mais delgados correspondem às graças que as pessoas não se lembram de pedir.“
 A ORAÇÃO:
Enquanto Maria estava rodeada duma luz brilhante, de repente, o globo desapareceu e suas mãos se estendem suavemente, derramando sobre o globo brilhantes raios de luz. Formou-se assim um quadro oval, rodeado pelas palavras em letras de ouro:
“Ó Maria concebida sem pecado, rogai por nós que recorremos a Vós”. 
Virou-se então o quadro, aparecendo, no reverso, um ” M” encimado por uma cruz e, embaixo, os corações de Jesus e de Maria. E a Santíssima Virgem lhe pede:
         A PROMESSA:    
’’Manda cunhar uma Medalha por este modelo; as pessoas que a trouxerem indulgenciada, receberão grandes graças, mormente se a trouxerem ao pescoço; hão de ser abundantes as graças para as pessoas que a trouxerem com confiança. “
 E assim foi cunhada, em Paris, esta medalha, que logo s espalhou pelo mundo inteiro, derramando graças tão numerosas e extraordinárias que o povo, espontaneamente, passou a chamá-la: ” A Medalha Milagrosa”.
ORAÇÃO A NOSSA SENHORA DAS GRAÇAS
 Súplica – Ó Imaculada Virgem Mãe de Deus e nossa Mãe, ao comtemplar-vos de braços abertos derramando graças sobre os que vo-las pedem, cheios de confiança na vossa poderosa intercessão, inúmeras vezes manifestada pela Medalha Milagrosa, embora reconhecendo a nossa indignidade por causa de nossas inúmeras culpas, acercamo-nos de vossos pés para vos expor, durante esta oração, as nossas mais prementes necessidades (momento de silêncio e de pedir a graça desejada).         Concedei, pois, ó Virgem da Medalha Milagrosa, este favor que confiantes vos solicitamos, para maior glória de Deus, engrandecimento do vosso nome, e o bem de nossas almas.
         E para melhor servirmos ao vosso Divino Filho, inspirai-nos profundo ódio ao pecado e dai-nos coragem de nos afirmar sempre verdadeiros cristãos. Amém.
Rezar 3 Ave-Marias. 
- Ó Maria concebida sem pecado, rogai por nós que recorremos a vós. 
Oração Final – Santíssima Virgem, eu creio e confesso vossa Santa e Imaculada Conceição, pura e sem mancha. Ó puríssima Virgem Maria, por vossa Conceição Imaculada e gloriosa prerrogativa de Mãe de Deus, alcançai-me de vosso amado Filho a humildade, a caridade, a obediência, a castidade, a santa pureza de coração, de corpo e espírito, a perseverança na prática do bem, uma santa vida e uma boa morte. Amém.Ler...

HOY FESTA DE LA MEDALLA DE LA VIRGEN MILAGOSA


HOY FESTA DE LA MEDALLA DE LA VIRGEN MILAGOSA

LA MEDALLA DE LA VIRGEN MILAGOSA




En este momento se apareció una forma ovalada en torno a la Virgen y en el borde interior apareció escrita la siguiente invocación: "María sin pecado concebida, ruega por nosotros, que acudimos a ti"
Estas palabras formaban un semicírculo que comenzaba a la altura de la mano derecha, pasaba por encima de la cabeza de la Santísima Virgen, terminando a la altura de la mano izquierda .
Oyó de nuevo la voz en su interior: "Haz que se acuñe una medalla según este modelo. Todos cuantos la lleven puesta recibirán grandes gracias. Las gracias serán mas abundantes para los que la lleven con confianza".
La aparición, entonces, dio media vuelta y quedo formado en el mismo lugar el reverso de la medalla.
En el aparecía una M, sobre la cual había una cruz descansando sobre una barra, la cual atravesaba la letra hasta un tercio de su altura, y debajo los corazones de Jesús y de María, de los cuales el primero estaba circundado de una corona de espinas, y el segundo traspasado por una espada. En torno había doce estrellas.
La misma aparición se repitió, con las mismas circunstancias, hacia el fin de diciembre de 1830 y a principios de enero de 1831. La Virgen dijo a Catalina: "En adelante, ya no veras , hija mía; pero oirás mi voz en la oración".
Un día que Sor Catalina estaba inquieta por no saber que inscripción poner en el reverso de la medalla, durante la oración, la Virgen le dijo: "La M y los dos corazones son bastante elocuentes".

LA SONRISA DE LA VIRGEN


El salmista, vislumbrando de lejos este vínculo maternal que une a la Madre de Cristo con el pueblo creyente, profetiza a propósito de la Virgen María que "los más ricos del pueblo buscan tu sonrisa" (Sal 44,13). De este modo, movidos por la Palabra inspirada de la Escritura, los cristianos han buscado siempre la sonrisa de Nuestra Señora, esa sonrisa que los artistas en la Edad Media han sabido representar y resaltar tan prodigiosamente. Este sonreír de María es para todos; pero se dirige muy especialmente a quienes sufren, para que encuentren en Ella consuelo y sosiego. Buscar la sonrisa de María no es sentimentalismo devoto o desfasado, sino más bien la expresión justa de la relación viva y profundamente humana que nos une con la que Cristo nos ha dado como Madre.
Desear contemplar la sonrisa de la Virgen no es dejarse llevar por una imaginación descontrolada. La Escritura misma nos la desvela en los labios de María cuando entona el Magnificat: "Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador" (Lc 1,46-47).
 

ORACIÓN DEL B. JUAN PABLO II EN LA CAPILLA DE LAS APARICIONES DE LA MEDALLA MILAGROSA Juan Pablo II (1980)


ORACIÓN DEL B. JUAN PABLO II
EN LA CAPILLA DE LAS APARICIONES DE LA MEDALLA MILAGROSA
Juan Pablo II (1980)

¡Oh María, sin pecado concebida! ruega por nosotros que recurrimos a Ti ¡Oh María, sin pecado concebida! Ruega por nosotros que recurrimos a Ti. Ésta es, oh María, la oración que inspiraste a Santa Catalina Labouré en este mismo lugar, hace ciento cincuenta años. Y esta Invocación, grabada ahora en la Medalla, la pronunciarán en adelante ¡tantos fieles en el mundo entero! ¡Bendita tú eres entre todas las mujeres! Has sido íntimamente asociada a toda la obra de nuestra Redención, asociada a la Cruz de nuestro Salvador: tu corazón fue traspasado junto a su Corazón. Y ahora, en la gloria de tu Hijo, no cesas de interceder por nosotros, pobres pecadores. Velas por la Iglesia, de la que eres la Madre. Velas por cada uno de tus hijos, y alcanzas de Dios, para cada uno de nosotros, todas las gracias que simbolizan los rayos de luz que emergen de tus manos abiertas, con la sola condición de que nos atrevamos a pedírtelas, de que nos acerquemos a Ti con la confianza, la osadía, la sencillez de un niño. Y así, nos llevas sin cesar hacia tu divino Hijo.

CANTOS A LA VIRGEN INMACULADA DE LA MEDALLA MILAGROSA

Te prometemos, que según tu deseo, la santa Medalla será el signo de tu presencia junto a nosotros, será nuestro libro en el cual aprenderemos a conocer, según tu consejo, cuánto nos has amado, y lo que debemos hacer para que no sean inútiles tantos sacrificios tuyos y de Tu Divino Hijo.



SÚPLICA DE LA MEDALLA MILAGROSA


* Se reza a las 5 de la tarde del 27 de noviembre, Fiesta de la Medalla Milagrosa, y en las necesidades urgentes, cualquier día, a esa hora.

Oh Virgen Inmaculada, sabemos que siempre y en todas partes estás dispuesta a escuchar las oraciones de tus hijos desterrados en este valle de lágrimas, pero sabemos también, que tienes días y horas en los que te complaces en esparcir más abundantemente los tesoros de tus gracias. Y bien, oh María, henos aquí postrados delante de Ti, justamente en este día y hora bendita, por Ti elegida para la manifestación de tu Medalla.
Venimos a Ti, llenos de inmensa gratitud y de ilimitada confianza en esta hora por Ti tan querida, para agradecerte el gran don que nos has hecho dándonos tu imagen, a fin que sea para nosotros testimonio de afecto y prenda de protección. Te prometemos, que según tu deseo, la santa Medalla será el signo de tu presencia junto a nosotros, será nuestro libro en el cual aprenderemos a conocer, según tu consejo, cuánto nos has amado, y lo que debemos hacer para que no sean inútiles tantos sacrificios tuyos y de Tu Divino Hijo. Sí, Tu Corazón traspasado, representado en la Medalla, se apoyará siempre sobre el nuestro y lo hará palpitar al unísono con el tuyo. Lo encenderá de amor a Jesús y lo fortificará para llevar cada día la cruz detrás de Él.
Ésta es tu hora, oh María, la hora de tu bondad inagotable, de tu misericordia triunfante, la hora en la cual hiciste brotar, por medio de tu Medalla, aquel torrente de gracias y de prodigios que inundó la tierra. Haz, oh Madre, que esta hora que te recuerda la dulce conmoción de Tu Corazón, que te movió a venirnos a visitar y a traernos el remedio de tantos males, haz que esta hora sea también nuestra hora, la hora de nuestra sincera conversión, y la hora en que sean escuchados plenamente nuestros votos.
Tú, que has prometido justamente en esta hora afortunada, que grandes serían las gracias para quienes las pidiesen con confianza: vuelve benigna tu mirada a nuestras súplicas. Nosotros te confesamos no merecer tus gracias, pero, a quién recurriremos oh María, sino a Ti, que eres nuestra Madre, en cuyas manos Dios ha puesto todas sus gracias? Ten entonces piedad de nosotros. Te lo pedimos por tu Inmaculada Concepción, y por el amor que te movió a darnos tu preciosa Medalla. Oh Consoladora de los afligidos, que ya te enterneciste por nuestras miserias, mira los males que nos oprimen.

Haz que tu Medalla derrame sobre nosotros y sobre todos nuestros seres queridos tus benéficos rayos: cure a nuestros enfermos, dé la paz a nuestras familias, nos libre de todo peligro. Lleve tu Medalla alivio al que sufre, consuelo al que llora, luz y fuerza a todos. Especialmente te pedimos por la conversión de los pecadores, particularmente de aquéllos que nos son más queridos. Recuerda que por ellos has sufrido, has rogado y has llorado. Sálvanos, oh Refugio de los pecadores, a fin de que después de haberte todos amado, invocado y servido en la tierra, podamos ir a agradecerte y alabarte eternamente en el Cielo. Amén.

TRIDUO A LA MILAGROSA (III)


ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS

Oh María, sin pecado concebida, vedme postrado a vuestras plantas, lleno de confianza. Ese vuestro rostro purísimo, esa amable sonrisa de vuestros labios, esas manos cargadas de celestiales bendiciones, esa actitud amorosa que habéis adoptado para recibir a los que vienen a Vos, esos ojos fijos en la tierra para observar nuestras necesidades y venir en nuestro auxilio, todo, todo me inspira amor, confianza y completa seguridad. Y como si esto fuera poco para alejar de nosotros toda duda habéis empeñado solemnemente vuestra palabra en favor de los que lleven la Santa Medalla, diciendo a vuestra sierva, Sor Catalina Labouré: "Cuantos llevaren esta Medalla, alcanzarán especial protección de la Madre de Dios."
Madre mía amantísima: Vos sabéis que la llevo sobre mi pecho, que la beso con amor y que os invoco con frecuencia. Realizad, pues, en mí vuestras promesas; venid en mi auxilio, cubridme con vuestra protección, para que Jesús se apiade de mi pobre alma y merezca conseguir por vuestro medio la gracia, que pretendo con este triduo a vuestra Santa Medalla.
Oh María, sin pecado concebida; rogad por nosotros que recurrimos a Vos.

DÍA TERCERO
Protección de María

La Medalla Milagrosa, al confesar el misterio de la Concepción Inmaculada de María, garantiza a la vez el auxilio divino a cuantos la llevan puesta. La Santísima Virgen, dice San Bernardino, es muy cortés y agradecida, tanto que no le permite su corazón que el hombre la salude sin devolver el saludo de una manera inefable.
Esta súplica: "Rogad por nosotros, que recurrimos a Vos" ha venido a ser fuente sagrada de vida, de gracia y de santidad; remedio de todas las enfermedades, consuelo de los afligidos y dulce esperanza de los pecadores.
Acudamos, pues, a María, en todas nuestras necesidades de alma y de cuerpo. Invoquémosla y digamos con frecuencia: "¡Oh María, sin pecado concebida, rogad por nosotros, que recurrimos a Vos!", y esta oración tan grata a la madre de Dios, será suficiente para aliviarnos y socorrernos. Si la enfermedad viene a visitarnos, ella nos curará, si la salud nos conviene, y de no convenimos nos concederá la gracia de soportar el dolor con cristiana resignación. Si el desaliento quiere apoderarse de nosotros y la tristeza sumergirnos en un mar de desolación, repitamos la jaculatoria de la Medalla, y la Virgen nos consolará, porque es Madre de los afligidos, alivio de nuestros males y eficaz remedio para todos los sufrimientos del humano corazón. Con el apoyo de María viviremos confiados lejos de la culpa y nuestra muerte será preciosa a los ojos del Señor. Así sea.
Pídase la gracia que se desea alcanzar. Rezar tres Avemarías con la invocación: Oh María sin pecado concebida rogad por nosotros que recurrimos a Vos.


ORACIÓN DE SAN GERMÁN
¡Oh mi única Señora y único consuelo de mi corazón! Ya que eres el celestial rocío que refrigera mis penas; Tú que eres la luz de mi alma cuando se halla rodeada de tinieblas; Tú que eres mi fortaleza en las debilidades, mi tesoro en la pobreza y la esperanza de mi salud, oye mis humildes ruegos y compadécete de mí, como corresponde a la Madre de un Dios, que ama tanto a los hombres. Concédeme la gracia de gozar contigo en el Cielo, de vivir contigo en el Paraíso. Yo sé que siendo Tú la Madre de Dios, si quieres, puedes alcanzarme esta gracia; así lo espero de tu misericordia. Amén.

http://santa-maria-reina.blogspot.pt/

Le meraviglie della “Medaglia Miracolosa” – di Roberto de Mattei



di Roberto de Mattei
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zzMedaglia-Miracolosa-424x278Chiunque si rechi a Parigi ha la possibilità di visitare la cappella della Medaglia miracolosa, al numero 140 rue du Bac, dove nel 1830 la Beata Vergine Maria apparve più volte ad una umile suora, poi elevata agli altari, Caterina Labouré.
Da queste apparizioni ha origine la Medaglia miracolosa, così detta non solo per la sua origine celeste, ma per i suoi straordinari effetti sulle anime e sulla società. Caterina era una giovane novizia di ventiquattro anni, di umili natali, che aveva coronato da pochi mesi il suo ardente desiderio di entrare nelle Figlie della Carità di San Vincenzo de’ Paoli.
La prima apparizione della Madonna avvenne il 18 luglio 1830, quando ella fu invitata da un angelo a seguirla nella cappella e vide la Santissima Vergine sedersi sui gradini dell’altare, dal lato del Vangelo, in una seggiola, che ancor oggi è esposta alla venerazione dei fedeli. La giovane si gettò ai piedi della Madonna, poggiando le mani sulle sue ginocchia. «Quello – ricorda la santa – fu il momento più dolce della mia vita. Mi è impossibile esprimere tutto ciò che provai». «Figlia mia – le disse la Madonna – il buon Dio vuole affidarti una missione. I tempi sono molto tristi, sciagure stanno per colpire la Francia; il trono sarà rovesciato, il mondo intero sarà sconvolto da disgrazie di ogni specie… La S. Vergine aveva l’aria molto afflitta dicendo questo, ma (continuò): Venite ai piedi di quest’altare; qui le grazie saranno sparse su tutte le persone che le domanderanno con fiducia e fervore, saranno sparse sui grandi e sui piccoli».
La grande missione fu rivelata a Caterina nella seconda apparizione, il 27 novembre 1830. La giovane vide formarsi attorno alla Santa Vergine «un quadro un poco ovale in cui stavano in alto queste parole: O Maria concepita senza peccato pregate per noi che ricorriamo a voi, scritte in lettere d’oro. Allora si fece sentire una voce che mi disse: “Fate, fate coniare una medaglia secondo questo modello. Tutte le persone che la useranno riceveranno grandi grazie, portandola al collo. Le grazie saranno abbondanti per le persone che la porteranno con fiducia”. Immediatamente il quadro mi è sembrato voltarsi e ho veduto il rovescio della medaglia».
Sul retro del quadro la suora scorse «il monogramma della Santa Vergine, composto dalla lettera M sormontata da una croce, con una sbarra alla sua base, e, al di sotto della suddetta lettera M, i due cuori di Gesù e di Maria, che distinse perché uno era circondato da una corona di spine, e l’altro era trafitto da una spada».
Nei mesi e negli anni seguenti le sciagure previste dalla Madonna cominciarono a realizzarsi con la caduta della monarchia di Carlo X, sostituita da quella “liberale” di Luigi Filippo. I primi esemplari della medaglia furono coniati e diffusi con l’approvazione dell’arcivescovo di Parigi. Le grazie e i miracoli moltiplicarono le richieste e la parrocchia di Notre-Dame des Victoires, divenne un centro di straordinaria propagazione della devozione.
Il mondo e le stesse consorelle di Rue du Bac ignoravano però il nome della suora che aveva ricevuto le apparizioni: 46 anni di silenzio, di nascondimento, di preghiera attendevano Caterina, che morì a Parigi il 31 dicembre 1876. Lei che aveva visto almeno sei volte la Vergine, che aveva assistito alla prodigiosa diffusione della Medaglia in tutto il mondo, ed ai miracoli di cui era stata strumento; lei che tante volte aveva sentito parlare dagli altri delle rivelazioni della Madonna a una sconosciuta novizia, restò sempre impassibile e mai tradì il suo segreto, né con le compagne, né con le superiore, né con la sua famiglia.
Il frutto più strepitoso della nuova devozione fu la conversione dell’ebreo Alfonso Ratisbonne, a cui la Madonna della Medaglia miracolosa apparve il 20 gennaio 1842, nella chiesa di Sant’Andrea delle Fratte a Roma. Una lapide posta in uno dei pilastri della cappella dell’apparizione, dove ancora oggi si venera la «Madonna del Miracolo», così ricorda l’avvenimento: «Il 20 gennaio 1842, Alfonso Ratisbonne venne qui ebreo indurito. La Vergine gli apparve come tu la vedi. Cadde ebreo si rialzò cristiano. Straniero: porta con te questo prezioso ricordo della misericordia di Dio e del potere della SS. Vergine».
La notizia dello straordinario miracolo infiammò la devozione popolare verso la Medaglia miracolosa e contribuì ad affrettare la proclamazione del dogma dell’Immacolata da parte di Pio IX, l’8 dicembre 1854. Leone XIII, fatta esaminare ogni circostanza sui fatti di rue du Bac, nel 1880, in occasione del cinquantenario delle apparizioni, dichiarò autentica la miracolosa conversione del Ratisbonne e concesse la festa della Medaglia, al 27 novembre di ogni anno, con rito di seconda classe.
Caterina Labouré fu beatificata da Pio XI il 28 maggio 1933 e canonizzata da Pio XII il 27 luglio 1947; le sue reliquie riposano nella cappella in cui ebbe le apparizioni. Pio XI, il 19 luglio 1931, in occasione del processo di beatificazione di Caterina Labouré, accennando ai mali che affliggevano la Chiesa, disse: «In questi giorni risplende la Medaglia miracolosa, come per richiamarci in modo visibile e tangibile che alla preghiera tutto è permesso, anche i miracoli, e soprattutto i miracoli. In ciò sta la specialità magnifica della Medaglia miracolosa, e noi abbiamo bisogno di miracoli. è già un gran miracolo che i ciechi vedano… ma vi è un altro miracolo che dobbiamo domandare a Maria Regina della Medaglia, ed è che vedano quelli che non vogliono vedere…».
Tra i tanti santi devoti della Medaglia miracolosa, fu il giovane Massimiliano Kolbe, che il 20 gennaio 1917, settantacinquesimo anniversario dell’apparizione, nell’ascoltare la rievocazione della conversione del Ratisbonne, nella Chiesa di sant’Andrea delle Fratte, concepì l’istituzione della sua Milizia dell’Immacolata, col fine di «cercare la conversione dei peccatori, eretici, scismatici, giudei ecc., e specialmente dei massoni; e la santificazione di tutti sotto il patrocinio e mediante la B.V.M. Immacolata».
La Medaglia miracolosa ci propone una ricca simbologia. Da una parte è raffigurata la Vergine Maria, dalle cui mani piovono raggi sul mondo, ricordandoci il ruolo che Ella ha di Mediatrice di tutte le grazie; sul retro c’è il monogramma mariano, intrecciato con una Croce e circondato da 12 stelle. La Croce che sovrasta la M di Maria ricorda la Croce che nel labaro di Costantino era sostenuta dai vessilli delle legioni romane e, come in quel caso, è simbolo di battaglia e di vittoria. Davanti al nome di Maria, come di fronte a quello di Gesù, piegano le ginocchia i cieli, la terra e gli abissi.
I due Cuori di Gesù e di Maria alla base della lettera M ricordano a sua volta l’indissolubile legame che lega i due Cuori, che ne formano uno solo, al quale è legata la salvezza e la rigenerazione del mondo. Le 12 stelle sono quello che circondano la fronte della donna dell’Apocalisse, figura della Chiesa, ma anche figura di Maria, che della Chiesa è Madre e Regina. La Medaglia miracolosa, portata con fiducia da tanti cattolici in tutto il mondo, continua ancora oggi la sua silenziosa ma portentosa missione.
Essa va disseminata ovunque, nei fondamenti della case, sulle vette dei monti, nelle profondità dei mari e soprattutto va portata al collo, affinché tutto e tutti siano sotto la protezione continua e infallibile di Maria Santissima. L’ultimo grande miracolo che i fedeli le chiedono insistentemente è la dissipazione degli errori e delle tenebre morali in cui è immerso il mondo moderno. La potenza e la misericordia della Madonna non ha limiti, come ci dimostra la miracolosa conversione di Alfonso Ratisbonne, che ai suoi piedi «cadde ebreo e si rialzò cristiano». 
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HOY ES LA FESTA DE LA LA MEDALLA MILAGROSA

LA MEDALLA MILAGROSA
Como es sabido, en la noche del 18 al 19 de julio de 1830, María Santísima se apareció a Santa Catalina Labouré: durante dos horas la Virgen Gloriosa habló con la Santa sobre una misión que Dios quería encargarle y sobre las dificultades con que iba a tropezar al realizarla.

Una segunda aparición tuvo lugar el 27 de noviembre del mismo año: por la tarde, Santa Catalina se encontraba en la capilla cuando se apareció la Santísima Virgen, que lucía un vestido blanco; en sus manos llevaba un globo de oro provisto de una cruz. Clavando los ojos en el cielo, la Virgen parecía ofrecer el globo a Dios implorando mercedes sobre él. En sus dedos portaba anillos en los cuales figuraban incrustadas piedras preciosas; de ellas se desprendían haces de luz que se ensanchaban a medida que bajaban.
Mientras que María Santísima se veía rodeada por una luz brillante, el globo desapareció de sus manos; bajando los ojos miró a Catalina, abrió los brazos y, estando de pie encima de un globo terrestre grande, lo cubrió da haces de luz, símbolos de las mercedes.
Luego se formó un marco ovalado en cuyo contorno figuraban letras de oro que rezaban “Oh María sin pecado concebida rogad por nosotros que acudimos a Vos”.

Luego, la Madre de Dios le dio el siguiente encargo: “He aquí el símbolo de las mercedes que concedo a cuantos me las piden. Haz acuñar una medalla conforme a este modelo; cuantos la lleven puesta gozarán de muchas mercedes, sobre todo si la llevan puesta al cuello. Para cuantos la lleven con confianza, las mercedes serán abundantes”.
Luego el conjunto giró y Santa Catalina vio el reverso de la medalla: la letra M, encima de ella una Cruz y debajo los Sagrados Corazones de Jesús y de María. En el contorno del conjunto figuran 12 estrellas.

¿Cuál es la voluntad de María Santísima al mandar acuñar la Medalla, invitándonos a llevarla con fe, confianza y devoción? El mensaje de la Medalla Milagrosa es la voluntad salvífica de la Madre de Dios. Ella nos entrega su Medalla para que pensemos en nuestro destino eterno.Sigue leyendo →
http://radiocristiandad.wordpress.com/

A devoção da Medalha Milagrosa de Nossa Senhora (DIVULGUEM!)

Dia da Gloriosa Mãe das Graças!


"É madrugada no convento das Filhas da Caridade, numa rua de Paris de 1830. Na capela, inundada de luz, ressoa apenas o suave timbre de uma voz celestial. Ajoelhada junto à bela Senhora, uma jovem noviça, cheia de encanto e admiração, ouve atentamente aquelas palavras de solicitude e bondade maternas.  Sim, a Mãe de Deus viera à Terra e aparecia a Santa Catarina...

 A devoção da Medalha Milagrosa de Nossa Senhora (DIVULGUEM!)


Ao visitar alguns sites católicos, fui levado à esta página onde continha um link de um PPS (Slide de Power Point) explicando a fantástica história da Medalha Milagrosa e as graças a TODOS que a usarem com devoção. Eis o link que irá baixar em seu computador um documento Power Point e abrirá mostrando toda a história da Medalha. Clique aqui ou no texto acima para...

segunda-feira, 20 de outubro de 2014

BENTO XVI : Na oração, Jesus vive um contacto ininterrupto com o Pai

BENTO XVI: Leitura orante da Sagrada Escritura e «lectio divina»


Leitura orante da Sagrada Escritura e «lectio divina»
86. O Sínodo insistiu repetidamente sobre a exigência de uma abordagem orante do texto sagrado como elemento fundamental da vida espiritual de todo o fiel, nos diversos ministérios e estados de vida, com particular referência à lectio divina.[290] Com efeito, a Palavra de Deus está na base de toda a espiritualidade cristã autêntica. Esta posição dos Padres sinodais está em sintonia com o que diz a Constituição dogmática Dei Verbum: Todos os fiéis «debrucem-se, pois, gostosamente sobre o texto sagrado, quer através da sagrada Liturgia, rica de palavras divinas, quer pela leitura espiritual, quer por outros meios que se vão espalhando tão louvavelmente por toda a parte, com a aprovação e estímulo dos pastores da Igreja. Lembrem-se, porém, que a leitura da Sagrada Escritura deve ser acompanhada de oração».[291] A reflexão conciliar pretendia retomar a grande tradição patrística que sempre recomendou abeirar-se da Escritura em diálogo com Deus. Como diz Santo Agostinho: «A tua oração é a tua palavra dirigida a Deus. Quando lês, é Deus que te fala; quando rezas, és tu que falas a Deus».[292] Orígenes, um dos mestres nesta leitura da Bíblia, defende que a inteligência das Escrituras exige, ainda mais do que o estudo, a intimidade com Cristo e a oração; realmente é sua convicção que o caminho privilegiado para conhecer Deus é o amor e de que não existe uma autêntica scientia Christi sem enamorar-se d’Ele. Na Carta a Gregório, o grande teólogo alexandrino recomenda: «Dedica-te à lectio das divinas Escrituras; aplica-te a isto com perseverança. Empenha-te na lectio com a intenção de crer e agradar a Deus. Se durante a lectio te encontras diante de uma porta fechada, bate e ser-te-á aberta por aquele guardião de que falou Jesus: “O guardião abrir-lha-á”. Aplicando-te assim à lectio divina, procura com lealdade e inabalável confiança em Deus o sentido das Escrituras divinas, que nelas amplamente se encerra. Mas não deves contentar-te com bater e procurar; para compreender as coisas de Deus, tens necessidade absoluta da oratio. Precisamente para nos exortar a ela é que o Salvador não se limitou a dizer: “procurai e encontrareis” e “batei e ser-vos-á aberto”, mas acrescentou: “pedi e recebereis”».[293]
A este propósito, porém, deve-se evitar o risco de uma abordagem individualista, tendo presente que a Palavra de Deus nos é dada precisamente para construir comunhão, para nos unir na Verdade no nosso caminho para Deus. Sendo uma Palavra que se dirige a cada um pessoalmente, é também uma Palavra que constrói comunidade, que constrói a Igreja. Por isso,o texto sagrado deve-se abordar sempre na comunhão eclesial. Com efeito, «é muito importante a leitura comunitária, porque o sujeito vivo da Sagrada Escritura é o Povo de Deus, é a Igreja. (…) A Escritura não pertence ao passado, porque o seu sujeito, o Povo de Deus inspirado pelo próprio Deus, é sempre o mesmo e, portanto, a Palavra está sempre viva no sujeito vivo. Então é importante ler a Sagrada Escritura e ouvi-la na comunhão da Igreja, isto é, com todas as grandes testemunhas desta Palavra, a começar dos primeiros Padres até aos Santos de hoje e ao Magistério actual».[294]

Por isso, na leitura orante da Sagrada Escritura, o lugar privilegiado é a Liturgia, particularmente a Eucaristia, na qual, ao celebrar o Corpo e o Sangue de Cristo no Sacramento, se actualiza no meio de nós a própria Palavra. Em certo sentido, a leitura orante pessoal e comunitária deve ser vivida sempre em relação com a celebração eucarística. Assim como a adoração eucarística prepara, acompanha e prolonga a liturgia eucarística,[295] assim também a leitura orante pessoal e comunitária prepara, acompanha e aprofunda o que a Igreja celebra com a proclamação da Palavra no âmbito litúrgico. Colocando em relação tão estreita lectio e liturgia, podem-se identificar melhor os critérios que devem guiar esta leitura no contexto da pastoral e da vida espiritual do Povo de Deus.

87. Nos documentos que prepararam e acompanharam o Sínodo, falou-se dos vários métodos para se abeirar, com fruto e na fé, das Sagradas Escrituras. Todavia prestou-se maior atenção à lectio divina, que «é verdadeiramente capaz não só de desvendar ao fiel o tesouro da Palavra de Deus, mas também de criar o encontro com Cristo, Palavra divina viva».[296] Quero aqui lembrar, brevemente, os seus passos fundamentais:
começa com a leitura (lectio) do texto, que suscita a interrogação sobre um autêntico conhecimento do seu conteúdo: o que diz o texto bíblico em si? Sem este momento, corre-se o risco que o texto se torne somente um pretexto para nunca ultrapassar os nossos pensamentos.

 Segue-se depois a meditação (meditatio), durante a qual nos perguntamos: que nos diz o texto bíblico? Aqui cada um, pessoalmente mas também como realidade comunitária, deve deixar-se sensibilizar e pôr em questão, porque não se trata de considerar palavras pronunciadas no passado, mas no presente.

Sucessivamente chega-se ao momento da oração (oratio), que supõe a pergunta: que dizemos ao Senhor, em resposta à sua Palavra? A oração enquanto pedido, intercessão, acção de graças e louvor é o primeiro modo como a Palavra nos transforma.

Finalmente, a lectio divina conclui-se com a contemplação (contemplatio), durante a qual assumimos como dom de Deus o seu próprio olhar, ao julgar a realidade, e interrogamo-nos: qual é a conversão da mente, do coração e da vida que o Senhor nos pede? São Paulo, na Carta aos Romanos, afirma: «Não vos conformeis com este século, mas transformai-vos pela renovação da vossa mente, a fim de conhecerdes a vontade de Deus: o que é bom, o que Lhe é agradável e o que é perfeito» (12, 2). De facto, a contemplação tende a criar em nós uma visão sapiencial da realidade segundo Deus e a formar em nós «o pensamento de Cristo» (1 Cor 2, 16). Aqui a Palavra de Deus aparece como critério de discernimento: ela é «viva, eficaz e mais penetrante que uma espada de dois gumes; penetra até dividir a alma e o corpo, as junturas e as medulas e discerne os pensamentos e intenções do coração» (Hb 4, 12).

 Há que recordar ainda que a lectio divina não está concluída, na sua dinâmica, enquanto não chegar à acção (actio), que impele a existência do fiel a doar-se aos outros na caridade.
Estes passos encontramo-los sintetizados e resumidos, de forma sublime, na figura da Mãe de Deus. Modelo para todo o fiel de acolhimento dócil da Palavra divina, Ela «conservava todas estas coisas, ponderando-as no seu coração» (L c 2, 19; cf. 2, 51), e sabia encontrar o nexo profundo que une os acontecimentos, os actos e as realidades, aparentemente desconexos, no grande desígnio divino.[297]
Além disso, quero lembrar a recomendação feita durante o Sínodo relativa à importância da leitura pessoal da Escritura como prática que prevê a possibilidade também de obter, segundo as disposições habituais da Igreja, a indulgência para si próprio ou para os defuntos.[298] A prática da indulgência[299] implica a doutrina dos méritos infinitos de Cristo – que a Igreja, como ministra da redenção, concede e aplica –, mas supõe também a doutrina da Comunhão dos Santos, que nos mostra «como é íntima a nossa união em Cristo e quanto a vida sobrenatural de cada um pode auxiliar os outros».[300] Nesta perspectiva, a leitura da Palavra de Deus apoia-nos no caminho de penitência e conversão, permite-nos aprofundar o sentido de pertença eclesial e conserva-nos numa familiaridade mais profunda com Deus. Como afirmava Santo Ambrósio, quando tomamos nas mãos, com fé, as Sagradas Escrituras e as lemos com a Igreja, a pessoa humana volta a passear com Deus no paraíso.[301]

EXORTAÇÃO APOSTÓLICA PÓS-SINODAL VERBUM DOMINI DO SANTO PADRE BENTO XVI SOBRE A PALAVRA DE DEUS NA VIDA E NA MISSÃO DA IGREJA




EXORTAÇÃO APOSTÓLICA
PÓS-SINODAL
VERBUM DOMINIDO SANTO PADREBENTO XVIAO EPISCOPADO, AO CLERO
ÀS PESSOAS CONSAGRADAS
E AOS FIÉIS LEIGOS
SOBRE
A PALAVRA DE DEUS
NA VIDA E NA MISSÃO DA IGREJA

ÍNDICE
Introdução [1]
Para que a nossa alegria seja perfeita [2]
Da «Dei Verbum» ao Sínodo sobre a Palavra de Deus [3]
O Sínodo dos Bispos sobre a Palavra de Deus [4]
O Prólogo do Evangelho de João por guia [5]
I PARTEVERBUM DEI
O Deus que fala
Deus em diálogo [6]
Analogia da Palavra de Deus [7]
Dimensão cósmica da Palavra [8]
A criação do homem [9]
O realismo da Palavra [10]
Cristologia da Palavra [11-13]
Dimensão escatológica da Palavra de Deus [14]
A Palavra de Deus e o Espírito Santo [15-16]
Tradição e Escritura [17-18]
Sagrada Escritura, inspiração e verdade [19]
Deus Pai, fonte e origem da Palavra [20-21]
A resposta do homem a Deus que fala
Chamados a entrar na Aliança com Deus [22]
Deus escuta o homem e responde às suas perguntas [23]
Dialogar com Deus através das suas palavras [24]
A Palavra de Deus e a fé [25]
O pecado como não escuta da Palavra de Deus [26]
Maria «Mater Verbi Dei» e «Mater fidei» [27-28]
A hermenêutica da Sagrada Escritura na Igreja
A Igreja, lugar originário da hermenêutica da Bíblia [29-30]
«A alma da sagrada teologia» [31]
Desenvolvimento da investigação bíblica e Magistério eclesial [32-33]
A hermenêutica bíblica conciliar: uma indicação a acolher [34]
O perigo do dualismo e a hermenêutica secularizada [35]
Fé e razão na abordagem da Escritura [36]
Sentido literal e sentido espiritual [37]
A necessária superação da «letra» [38]
A unidade intrínseca da Bíblia [39]
A relação entre Antigo e Novo Testamento [40-41]
As páginas «obscuras» da Bíblia [42]
Cristãos e judeus, relativamente às Sagradas Escrituras [43]
A interpretação fundamentalista da Sagrada Escritura [44]
Diálogo entre Pastores, teólogos e exegetas [45]
Bíblia e ecumenismo [46]
Consequências sobre a organização dos estudos teológicos [47]
Os Santos e a interpretação da Escritura [48-49]
A palavra de Deus e a Igreja
A Igreja acolhe a Palavra [50]
Contemporaneidade de Cristo na vida da Igreja [51]
Liturgia, lugar privilegiado da palavra de Deus
A Palavra de Deus na sagrada Liturgia [52]
Sagrada Escritura e Sacramentos [53]
Palavra de Deus e Eucaristia [54-55]
A sacramentalidade da Palavra [56]
A Sagrada Escritura e o Leccionário [57]
Proclamação da Palavra e ministério do leitorado [58]
A importância da homilia [59]
Conveniência de um Directório homilético [60]
Palavra de Deus, Reconciliação e Unção dos Doentes [61]
Palavra de Deus e Liturgia das Horas [62]
Palavra de Deus e Cerimonial das Bênçãos [63]
Sugestões e propostas concretas para a animação litúrgica [64]
a) Celebrações da Palavra de Deus [65]
b) A Palavra e o silêncio [66]
c) Proclamação solene da Palavra de Deus [67]
d) A Palavra de Deus no templo cristão [68]
e) Exclusividade dos textos bíblicos na liturgia [69]
f) Canto litúrgico biblicamente inspirado [70]
g) Particular atenção aos cegos e aos surdos [71]
A palavra de Deus na vida eclesial
Encontrar a Palavra de Deus na Sagrada Escritura [72]
A animação bíblica da pastoral [73]
Dimensão bíblica da catequese [74]
Formação bíblica dos cristãos [75]
A Sagrada Escritura nos grandes encontros eclesiais [76]
Palavra de Deus e vocações [77]
a) Palavra de Deus e Ministros Ordenados [78-81]
b) Palavra de Deus e candidatos às Ordens Sacras [82]
c) Palavra de Deus e vida consagrada [83]
d) Palavra de Deus e fiéis leigos [84]
e) Palavra de Deus, matrimónio e família [85]
Leitura orante da Sagrada Escritura e «lectio divina» [86-87]
Palavra de Deus e oração mariana [88]
Palavra de Deus e Terra Santa [89]
III PARTEVERBUM MUNDO
A missão da Igreja: anunciar a palavra de Deus ao mundo
A Palavra que sai do Pai e volta para o Pai [90]
Anunciar ao mundo o «Logos» da Esperança [91]
Da Palavra de Deus deriva a missão da Igreja [92]
A Palavra e o Reino de Deus [93]
Todos os baptizados responsáveis do anúncio [94]
A necessidade da «missio ad gentes» [95]
Anúncio e nova evangelização [96]
Palavra de Deus e testemunho cristão [97-98]
Palavra de Deus e compromisso no mundo
Servir Jesus nos seus «irmãos mais pequeninos» (Mt 25, 40) [99]
Palavra de Deus e compromisso na sociedade pela justiça [100-101]
Anúncio da Palavra de Deus, reconciliação e paz entre os povos [102]
A Palavra de Deus e a caridade activa [103]
Anúncio da Palavra de Deus e os jovens [104]
Anúncio da Palavra de Deus e os migrantes [105]
Anúncio da Palavra de Deus e os doentes [106]
Anúncio da Palavra de Deus e os pobres [107]
Palavra de Deus e defesa da criação [108]
Palavra de Deus e culturas
O valor da cultura para a vida do homem [109]
A Bíblia como grande código para as culturas [110]
O conhecimento da Bíblia nas escolas e universidades [111]
A Sagrada Escritura nas diversas expressões artísticas [112]
Palavra de Deus e meios de comunicação social [113]
Bíblia e inculturação [114]
Traduções e difusão da Bíblia [115]
A Palavra de Deus supera os limites das culturas [116]
Palavra de Deus e diálogo inter-religioso
O valor do diálogo inter-religioso [117]
Diálogo entre cristãos e muçulmanos [118]
Diálogo com as outras religiões [119]
Diálogo e liberdade religiosa [120]
Conclusão
A palavra definitiva de Deus [121]
Nova evangelização e nova escuta [122]
A Palavra e a alegria [123]
«Mater Verbi et Mater laetitiae» [124]

BENTO XVI : Na oração, Jesus vive um contacto ininterrupto com o Pai

[Alemão, Croata, Espanhol, Francês, Inglês, Italiano,Português]
PAPA BENTO XVIAUDIÊNCIA GERAL
Sala Paulo VIQuarta-feira, 30 de Novembro de 2011

A oração atravessa toda a vida de Jesus
Queridos irmãos e irmãs,
Nas últimas catequeses reflectimos sobre alguns exemplos de oração no Antigo Testamento, e hoje gostaria de começar a olhar para Jesus, para a sua oração, que atravessa toda a sua vida, como um canal secreto que irriga a existência, as relações e os gestos, e que O guia, com firmeza progressiva, rumo ao dom total de Si mesmo, segundo o desígnio de amor de Deus Pai. Jesus é o Mestre também das nossas orações, aliás, Ele é o nosso sustento concreto e fraterno, cada vez que nos dirigimos ao Pai. Verdadeiramente, como resume um título doCompêndio do Catecismo da Igreja Católica, «a oração é plenamente revelada e realizada em Jesus» (nn. 541-547). Nas próximas catequeses desejamos olhar para Ele.
Um momento particularmente significativo deste seu caminho é a oração que se segue ao baptismo, ao qual se submete no rio Jordão. O Evangelista Lucas escreve que Jesus, depois de ter recebido, juntamente com todo o povo, o baptismo das mãos de João Baptista, entra numa oração extremamente pessoal e prolongada: «Todo o povo tinha sido baptizado; tendo Jesus sido baptizado também, e estando Ele a orar, o céu abriu-se e o Espírito Santo desceu sobre Ele» (Lc 3, 21-22). Precisamente este «estar em oração», em diálogo com o Pai, ilumina a obra que Ele realizou juntamente com muitos do seu povo, que acorreram à margem do Jordão. Rezando, Ele confere a este seu gesto, do baptismo, uma característica exclusiva e pessoal.
João Baptista tinha dirigido um apelo vigoroso a viver verdadeiramente como «filhos de Abraão», convertendo-se para o bem e produzindo frutos dignos de tal mudança (cf. Lc 3, 7-9). E um grande número de israelitas moveu-se, como recorda o Evangelista Marcos, o qual escreve: «Saíam ao seu encontro [de João] todos os habitantes da Judeia e de Jerusalém, e eram baptizados por ele no rio Jordão, confessando os seus pecados» (Mc 1, 5). João Baptista anunciava algo realmente novo: submeter-se ao baptismo devia marcar uma mudança determinante, abandonar um comportamento ligado ao pecado e começar uma vida nova. Também Jesus acolhe este convite, entra na multidão triste dos pecadores que esperam à margem do Jordão. Mas, como aos primeiros cristãos, também em nós surge a interrogação: por que Jesus se submete voluntariamente a este baptismo de penitência e de conversão? Não tem pecados para confessar, não tinha pecados, e portanto também não tinha necessidade de se converter. Então, por que este gesto? O Evangelista Mateus descreve a admiração de João Baptista, que afirma: «Eu é que tenho necessidade de ser baptizado por ti e Tu vens a mim?» (Mt 3, 14), e a resposta de Jesus: «Deixa por agora. Convém que cumpramos assim toda a justiça» (v. 15). O sentido da palavra «justiça» no mundo bíblico é aceitar plenamente a vontade de Deus. Jesus mostra a sua proximidade àquela parte do seu povo que, seguindo João Baptista, reconhece que é insuficiente o simples considerar-se filho de Abraão, mas quer cumprir a vontade de Deus, deseja comprometer-se para que o seu comportamento seja uma resposta fiel à aliança oferecida por Deus em Abraão. Então, descendo ao rio Jordão, Jesus sem pecado torna visível a sua solidariedade para com aqueles que reconhecem os próprios pecados, escolher arrepender-se e mudar de vida; faz compreender que pertencer ao povo de Deus significa entrar numa perspectiva de novidade de vida, de vida segundo Deus.
Neste gesto, Jesus antecipa a cruz, dá início à sua actividade assumindo o lugar dos pecadores, carregando sobre os seus ombros o peso da culpa da humanidade inteira, cumprindo a vontade do Pai. Recolhendo-se em oração, Jesus mostra o vínculo íntimo com o Pai que está nos Céus, experimenta a sua paternidade, captura a beleza exigente do seu amor e, no diálogo com o Pai, recebe a confirmação da sua missão. Nas palavras que ressoam do Céu (cf. Lc 3, 22) há a referência antecipada ao mistério pascal, à cruz e à ressurreição. A voz divina define-o «O meu Filho muito amado», evocando Isaac, o amadíssimo filho que o pai Abraão estava disposto a sacrificar, segundo a ordem de Deus (cf. Gn 22, 1-14). Jesus não é só o Filho de David, descendente messiânico real, ou o Servo do qual Deus se compraz, mas é também o Filho unigénito, o amado, semelhante a Isaac, que Deus Pai oferece para a salvação do mundo. No momento em que, através da oração, Jesus vive em profundidade a própria filiação e a experiência da paternidade de Deus (cf. Lc 3, 22b), desce o Espírito Santo (cf. Lc 3, 22a), que o guia na sua missão e que Ele efundirá depois de ter sido elevado na cruz (cf. Jo 1, 32-34; 7, 37-39), para que ilumine a obra da Igreja. Na oração, Jesus vive um contacto ininterrupto com o Pai, para realizar até ao fim o desígnio de amor pelos homens.
No fundo desta oração extraordinária encontra-se toda a existência de Jesus, vivida numa família profundamente ligada à tradição religiosa do povo de Israel. Demonstram-no as referências que encontramos nos Evangelhos: a sua circuncisão (cf. Lc 2, 21) e a sua apresentação no templo (cf. Lc 2, 22-24), assim como a educação e a formação em Nazaré, na casa santa (cf. Lc 2, 39-40 e 2, 51-52). Trata-se de «cerca de trinta anos» (Lc 3, 23), um tempo prolongado de vita escondida e útil, embora com as experiências de participação em momentos de expressão religiosa comunitária, come as peregrinações a Jerusalém (cf. Lc 2, 41). Narrando-nos o episódio de Jesus no templo quando tinha doze anos, sentado no meio dos doutores (cf. Lc 2, 42-52), o Evangelista Lucas deixa entrever como Jesus, que reza depois do baptismo no Jordão, tem um prolongado hábito de oração íntima com Deus Pai, arraigada nas tradições, no estilo da sua família e nas experiências decisivas nela vividas. A resposta do menino de doze anos a Maria e José já indica aquela filiação divina, que a voz celeste manifesta após o baptismo: «Por que me procuráveis? Não sabíeis que devia estar em casa de meu Pai?» (Lc 2, 49). Ao sair das águas do Jordão, Jesus não inaugura a sua oração, mas continua a sua relação constante, habitual com o Pai; e é nesta união íntima com Ele que realiza a passagem da vida escondida de Nazaré, para o seu ministério público.
O ensinamento de Jesus sobre a oração deriva, sem dúvida, do seu modo de rezar, adquirido em família, mas tem a sua origem profunda e essencial no seu ser o Filho de Deus, na sua relação singular com Deus Pai. À pergunta: De quem aprendeu Jesus a rezar?, o Compêndio do Catecismo da Igreja Católica assim responde: «Jesus, segundo o seu coração de homem, foi ensinado a rezar por sua Mãe e pela tradição judaica. Mas a sua oração brota de uma fonte secreta, porque Ele é o Filho eterno de Deus que, na sua santa humanidade, dirige a seu Pai a oração filial perfeita» (n. 541).
Na narração evangélica, as ambientações da oração de Jesus colocam-se sempre na encruzilhada entre a inserção na tradição do seu povo e a novidade de uma relação pessoal singular com Deus. «O lugar deserto» (cf. Mc 1, 35; Lc 5, 16) em que se retira com frequência, «o monte» onde sobe para rezar (cf. Lc 6, 12; 9, 28) e «a noite» que lhe permite a solidão (cf. Mc 1, 35; 6, 46-47; Lc 6, 12) evocam momentos do caminho da revelação de Deus no Antigo Testamento, indicando a continuidade do seu desígnio salvífico. Mas, ao mesmo tempo, indicam momentos de importância particular para Jesus que, de modo consciente, se insere neste plano, totalmente fiel à vontade do Pai.
Também na nossa oração temos que aprender, cada vez mais, a entrar nesta história de salvação, cujo ápice é Jesus, renovar diante de Deus a nossa decisão pessoal para nos abrirmos à sua vontade, pedir-lhe a força de conformar a nossa vontade com a sua, em toda a nossa vida, em obediência ao seu desígnio de amor por nós.
A oração de Jesus diz respeito a todas as fases do seu ministério e a todos os seus dias. As dificuldades não a impedem. Aliás, os Evangelhos deixam transparecer um hábito de Jesus, de transcorrer em oração uma parte da noite. O Evangelista Marcos narra uma destas noites, depois do dia pesado da multiplicação dos pães, e escreve: «Jesus obrigou logo os seus discípulos a subirem para o barco e a irem à frente, outro outro lado, rumo a Betsaida, enquanto Ele próprio despedia a multidão. Depois de os ter despedido, foi ao monte para orar. Já era noite, o barco estava no meio do mar e Ele sozinho em terra» (Mc 6, 45-47). Quando as decisões se fazem urgentes e complexas, a sua prece torna-se mais prolongada e intensa. Na iminência da escolha dos doze Apóstolos, por exemplo, Lucas sublinha a duração da oração preparatória de Jesus à noite: «Naqueles dias, Jesus foi para o monte fazer a oração e passou toda a noite a orar a Deus. Quando nasceu o dia, convocou os seus discípulos e escolheu doze dentre eles, aos quais deu o nome de Apóstolos» (Lc 6, 12-13).
Olhando para a oração de Jesus, em nós deve surgir uma pergunta: como rezo eu, como oramos nós? Que tempo dedico à relação com Deus? Tem-se hoje uma educação e formação suficiente para a oração? E quem pode ser mestre nisto? Na Exortação Apostólica Verbum Domini falei sobre a importância da leitura orante da Sagrada Escritura. Reunindo o que sobressaiu na Assembleia do Sínodo dos Bispos, pus em evidência especial a forma específica da lectio divina. Ouvir, meditar e silenciar diante do Senhor que fala é uma arte, que se aprende praticando-a com constância. Certamente, a oração é um dom, que todavia é necessário acolher; é obra de Deus, mas exige o nosso compromisso e continuidade; sobretudo, a continuidade e a constância são importantes. Precisamente a experiência exemplar de Jesus mostra que a sua oração, animada pela paternidade de Deus e pela comunhão do Espírito, aprofundou-se num exercício prolongado e fiel, até ao Horto das Oliveiras e à Cruz. Hoje, os cristãos são chamados a tornar-se testemunhas de oração, precisamente porque o nosso mundo se encontra muitas vezes fechado ao horizonte divino e à esperança que contém o encontro com Deus. Na amizade profunda com Jesus e vivendo nele e com Ele a relação filial com o Pai, através da nossa oração fiel e constante, podemos abrir janelas para o Céu de Deus. Aliás, ao percorrer o caminho da oração, sem uma consideração humana, podemos ajudar outros a percorrê-lo: também para a oração cristã é verdade que, caminhando, se abrem veredas.
Amados irmãos e irmãs, eduquemo-nos para uma relação intensa com Deus, para uma prece que não seja esporádica, mas constante, cheia de confiança, capaz de iluminar a nossa vida, como nos ensina Jesus. E peçamos-lhe que possamos comunicar às pessoas que estão próximas de nós, àqueles que encontramos ao longo do nosso caminho, a alegria do encontro com o Senhor, Luz para a nossa existência. Obrigado!

sábado, 18 de outubro de 2014

VISITA DO VENERÁVEL PAULO VI AO SANTUÁRIO DE FÁTIMA A 13 DE MAIO DE 1967, NO 50º ANIVERSÁRIO DAS APARIÇÕES DE NOSSA SENHORA


 

HOMILIA DO PAPA PAULO VI
Sábado, 13 de maio de 1967

Veneráveis Irmãos e dilectos Filhos,
Tão grande é o Nosso desejo de honrar a Santíssima Virgem Maria, Mãe de Cristo e, por isso, Mãe de Deus e Mãe nossa, tão grande é a Nossa confiança na sua benevolência para com a santa Igreja e para com a Nossa missão apostólica, tão grande é a Nossa necessidade da sua intercessão junto de Cristo, seu divino Filho, que viemos, peregrino humilde e confinante, a este Santuário bendito, onde se celebra hoje o cinquentenário das aparições de Fátima e onde se comemora hoje o vigésimo quinto aniversário da consagração do mundo ao Coração Imaculado de Maria.
É com alegria que Nos encontramos convosco, Irmãos e Filhos caríssimos, e que vos associamos à profissão da Nossa devoção a Maria Santíssima e à Nossa oração, a fim de que seja mais manifesta e mais filial a comum veneração e mais aceite a Nossa invocação .
Nós vos saudamos, Irmãos e Filhos aqui presentes, a vós especialmente cidadãos desta ilustre Nação que, na sua longa história, deu à Igreja homens santos e grandes, e um povo trabalhador e piedoso; a vós peregrinos, que viestes de perto e também de longe; e a vós fieis da santa Igreja católica que, de Roma, das vossas terras e das vossas casas, espalhados por todo o mundo, estais agora espiritualmente voltados para este altar. A todos, a todos vós Nós saudamos. Estamos agora a celebrar, convosco e para vós, a santa Missa e, todos juntos, estamos reunidos, como filhos de una família única, perto da Mãe celeste, para sermos admitidos, durante a celebração do santo Sacrifício a uma comunhão mais estreita e salutar com Cristo, nosso Senhor e nosso Salvador.
Não queremos excluir ninguém desta recordação espiritual, porque é vontade Nossa que todos participem das graças que estamos agora a impetrar do céu. Todos vós tendes um lugar no Nosso coração: vós, Irmãos no Episcopado; vós, Sacerdotes e vós, Religiosos e Religiosas, que, com amor total, vos consagrastes a Cristo; vós, Famílias cristãs; vós, Leigos caríssimos, que desejais colaborar com o Clero na propagação do reino de Deus; vós, jovens e crianças, que desejaríamos que estivesseis todos à nossa volta; e todos vós que vos sentis atribulados e cansados, vós que sofreis e chorais, e que, certamente, vos recordais como Cristo vos chama para perto de si, a fim de vos associar à sua paixão redentora e vos consolar.
O Nosso olhar abrange ainda todos os cristãos não católicos, mas irmãos nossos ao baptismo; mencionamo-los com esperança de perfeita comunhão nessa unidade que o Senhor Jesus deseja. E o Nosso olhar abraça o mundo todo: não queremos que a Nossa caridade tenha fronteiras e, neste momento, estendemo-la à humanidade inteira, a todos os Governantes e a todos os Povos da terra. Vós sabeis quais são as Nossas intenções especiais que desejamos caracterizem esta peregrinação. Vamos recordá-las aqui, a fim de que inspirem a Nossa oração e sejam luz para todos aqueles que Nos ouvem.
A primeira intenção é a Igreja: a Igreja una, santa, católica e apostólica. Queremos rezar, como dissemos, pela sua paz interior. O concílio Ecuménico despertou muitas energias no seio da Igreja, abriu perspectivas mais largas no campo da sua doutrina, chamou todos os seus filhos a uma consciência mais clara, a uma colaboração mais íntima, a um apostolado mais activo. Queremos firmemente que tão grande benefício e tão profunda renovação se conservem e se tornem ainda maiores. Que mal seria, se uma interpretação arbitrária e não autorizada pelo magistério da Igreja transformasse este renascimento espiritual numa inquietação que desagregasse a sua estrutura tradicional e constitucional, que substituísse a teologia dos verdadeiros e grandes mestres por ideologias novas e particulares que visam a eliminar da norma da fé tudo aquilo que o pensamento moderno, muitas vezes falto de luz racional, não compreende e não aceita, e que mudasse a ânsia apostólica de caridade redentora na aquiescência às formas negativas da mentalidade profana e dos costumes mundanos. Que desilusão causaria o nosso esforço de aproximação universal, se não oferecesse aos Irmãos cristãos, ainda de nós separados, e aos homens que não possuem a nossa fé, na sua sincera autenticidade e na sua original beleza, o património de verdade e de caridade, de que a Igreja é depositária e distribuidora?
Queremos pedir a Maria uma Igreja viva, uma Igreja verdadeira, uma Igreja unida, uma Igreja santa. É vontade Nossa rezar convosco a fim de que as esperanças e energias suscitadas pelo Concílio, possam trazer-nos em larguíssima escala os frutos daquele Espírito Santo, que a Igreja amanhã celebra na festa de Pentecostes e do qual provém a verdadeira vida cristã; esses frutos enumerados pelo Apóstolo Paulo: « caridade, alegria, paz, longanimidade, benignidade, bondade, fidelidade, mansidão e temperança » (Gál. 5, 22). É vontade Nossa rezar a fim de que o culto de Deus hoje e sempre conserve a sua prioridade no mundo, e a sua lei dê forma à consciência e aos costumes do homem moderno. A fé em Deus é a luz suprema da humanidade; e esta luz não só não deve apagar-se no coração dos homens, mas, pelo contrário, deve reacender-se por meio do estímulo que lhe vem da ciência e do progresso.
Este pensamento, que anima e estimula a Nossa oração, leva-Nos a pensar neste momento naqueles países: em que a liberdade religiosa está praticamente suprimida e onde se promove a negação de Deus, como se esta representasse a verdade dos tempos novos e a libertação dos povos. Mas, a verdade é bem diferente. Rezamos por esses países; rezamos pelos nossos irmãos crentes dessas nações, a fim de que a íntima força de Deus os sustente e a verdadeira liberdade civil lhes seja concedida.
E, assim, passamos à segunda intenção deste Nosso peregrinar, intenção que enche a Nossa alma: o mundo, a paz do mundo.
Sabeis como a consciência da missão da Igreja no mundo, missão de amor e de serviço, se tornou, no dia de hoje, depois do Concilio, bem vigilante e bem activa. Sabeis como o mundo se acha numa fase de grande transformação por causa do seu enorme e maravilhoso progresso, na consciência e na conquista das riquezas da terra e do universo. Mas, sabeis também e verificais que o mundo ,não é feliz nem está tranquilo. A primeira causa desta sua inquietação é a dificuldade que encontra em estabelecer a concórdia, em conseguir a paz. Tudo parece impelir o mundo para a fraternidade, para a unidade; no entanto, no seio da humanidade, descobrimos ainda tremendos e contínuos conflitos. Dois motivos principais tornam, por isso, grave esta situação histórica da humanidade: ela ,possui um grande arsenal de armas terrivelmente mortíferas, mas o progresso moral não iguala o progresso científico e técnico. Além disso, grande parte da humanidade encontra-se ainda em estado de indigência e de fome, ao mesmo tempo que nela se acha tão desperta a consciência inquieta das suas necessidades e do bem-estar dos outros. É por este motivo que dizemos estar o mundo em perigo. Por este motivo, viemos Nós aos pés da Rainha da paz a pedir-lhe a paz, dom que só Deus pode dar.
Sim, a paz é dom de Deus, que supõe a intervenção de uma acção do mesmo Deus, acção extremamente boa, misericordiosa e misteriosa. Mas, nem sempre é dom miraculoso; é dom que opera os seus prodígios no segredo dos corações dos homens; dom que, por isso, tem necessidade da livre aceitação, depois de se ter dirigido ao céu, dirige-se aos homens de todo o mundo: Homens, dizemos neste momento singular, procurai ser dignos do dom divino da paz. Homens, sede homens. Homens, sede bons, sede cordatos, abri-vos à consideração do bem total do mundo. Homens, sede magnânimos. Homens, procurai ver o vosso prestígio e o vosso interesse não como contrários ao prestígio e ao interesse dos outros, mas como solidários com eles. Homens, não penseis em projectos de destruição e de morte, de revolução e de violência; pensai em projectos de conforto comum e de colaboração solidária. Homens, pensai na gravidade e na grandeza desta hora, que pode ser decisiva para a história da geração presente e futura; e recomeçai a aproximar-vos uns dos outros com intenções de construir um mundo novo; sim, um mundo de homens verdadeiros, o qual é impossível de conseguir se não tem o sol de Deus no seu horizonte. Homens, escutai, através da Nossa humilde e trémula voz, o eco vigoroso da Palavra de Cristo: « Bem-aventurados os mansos, porque possuirão a terra, bem aventurados os pacíficos, porque serão chamados fìlhos de Deus ».
Vede, Filhos e Irmãos, que aqui Nos escutais, corno o quadro do mundo e dos seus destinos se apresenta aqui imenso e dramático. É o quadro que Nossa Senhora abre aos Nossos olhos, o quadro que contemplamos com os olhos aterrorizados, mas sempre confiantes; o quadro do qual Nos aproximaremos sempre - assim o prometemos - seguindo a admoestação que a própria Nossa Senhora nos deu: a da oração e da penitência; e, por isso, queira Deus que este quadro do mundo nunca mais venha a registar lutas, tragédia e catástrofes, mas sim as conquistas do amor e as vitórias da paz.