Arquivo do blogue

quarta-feira, 28 de abril de 2010

Soy todo tuyo María - San Luis María Grignion de Montfort


Virgen María, Madre mía
me consagro a tí y confío en tus manos
toda mi existencia.
Acepta mi pasado con todo lo que fue.
Acepta mi presente con todo lo que es.
Acepta mi futuro con todo lo que será.
Con esta total consagración
te confío cuanto tengo y cuanto soy,
todo lo que he recibido de Dios.
Te confío mi inteligencia,
mi voluntad, mi corazón.
Deposito en tus manos mi libertad;
mis ansias y mis temores;
mis esperanzas y mis deseos;
mis tristezas y mis alegrías.
Custodia mi vida y todos mis actos
para que le sea más fiel al Señor
y con tu ayuda alcance la salvación.
Te confío ¡Oh María! mi cuerpo y mis sentidos
para que se conserven puros
y me ayuden en el ejercicio de las virtudes.
Te confío mi alma
para que Tú la preserves del mal.
Hazme partícipe de una santidad
igual a la tuya:
Hazme conforme a Cristo,
ideal de mi vida.
Te confío mi entusiasmo
y el ardor de mi juventud,
para que Tú me ayudes a no envejecer en la fe.
Te confío mi capacidad y deseos de amar,
enséñame y ayúdame a amar
como Tú has amado y como Jesús quiere que se ame.
Te confío mis incertidumbres y angustias,
para que en tu corazón yo encuentre
seguridad, sostén y luz,
en cada instante de mi vida.
Con esta consagración
me comprometo a imitar tu vida.
Acepto las renuncias y sacrificios
que esta elección comporta,
y te prometo, con la gracia de Dios
y con tu ayuda,
ser fiel al compromiso asumido.
Oh María, soberana de mi vida
y de mi conducta
dispón de mí y de todo lo que me pertenece,
para que camine siempre junto al Señor
bajo tu mirada de Madre.
¡Oh María!
soy todo tuyo
y todo lo que poseo te pertenece
ahora y siempre.

Amen

Carta Circular a los Amigos de la Cruz - San Luis María Grignion de Montfort


Traducción de p. Pío Suárez B., s.m.m.
PRESENTACION

Dos capítulos había dedicado el autor en ASE (13 y 14) a presentar la cruz como el grito y encarnación suprema del amor de Dios en Cristo Sabiduría encarnada a los hombres de todos los tiempos. Un capítulo más (el 16) de la misma obra, presentaba la cruz, bajo el aspecto de "mortificación universal" (hoy diríamos seguramente "disponibilidad", "entrenamiento", "esfuerzo de superación...") como uno de los grandes medios para alcanzar la Sabiduría. El número 100 de ASE, insistía incluso en que la cruz es un regalo de la Sabiduría a sus predilectos...

La presente "Carta Circular" sobre el tema va dirigida a un grupo de cristianos que se habían asociado bajo la dirección del misionero, en la ciudad de La Rochelle, con el nombre de Amigos de la Cruz. Era uno de tantos grupos que el misionero dejaba en los lugares donde misionaba para prolongar el fruto de su ministerio e integrar al laicado en la labor apostólica...

La segunda parte del pequeño escrito comenta a Mt 16,24: "Quien quiera seguirme que se niegue a sí, cargue con su cruz y me siga", y convierte esa consigna de Jesús en un programa de vida cristiana en seguimiento del Maestro. Porque "la Sabiduría (Cristo) es la Cruz y la Cruz es la Sabiduría" (ASE 180).


SALUDO INICIAL DE MONTFORT

1. ¡Queridos amigos de la Cruz! La Cruz del Señor me mantiene oculto y me prohibe dirigirles la palabra. Por ello, no puedo ni quiero hablarles de vida voz para comunicarles los sentimientos de mi corazón acerca de la excelencia de la Cruz y de las prácticas maravillosas de su Asociación en la Cruz admirable de Jesucristo.

Sin embargo, hoy, último día de mis ejercicios espirituales, salgo, por decirlo así, del delicioso retiro de mi alma, para trazar sobre el papel algunos dardos de la Cruz, que penetren hasta el fondo de sus almas. ¡Ojalá para afilarlos sólo hiciera falta la sangre de mis venas, en lugar de la tinta de mi pluma! Pero, ¡ay!, aunque mi sangre fuera necesaria, es demasiado criminal. Que el Espíritu de Dios vivo sea, entonces, el aliento, la fuerza y el contenido de estas líneas. Que la unción divina del Espíritu sea la tinta con que escribo; la Cruz adorable, mi pluma; sus corazones, el papel.

PRIMERA PARTE

EXCELENCIA DE LA ASOCIACION DE LOS AMIGOS DE LA CRUZ

2. Ustedes se hallan vigorosamente unidos como verdaderos cruzados, para combatir al pecado. No huyen cobardemente del mundo por temor a la derrota. Más bien se comprometen como intrépidos y valerosos soldados en el campo de batalla, sin retroceder un solo paso ni huir cobardemente. ¡Ánimo! ¡Luchen con valor!

Únanse fuertemente de espíritu y de corazón. Pues su Asociación es mil veces más sólida y terrible contra el pecado y contra el infierno de lo que serían los ejércitos de un reino fuertemente unido contra los enemigos del estado.

Los demonios se conjuran para arrastrarlos a ustedes a la perdición: ¡únanse para derrotarlos! Los avaros se juntan para negociar y amontonar oro y plata: ¡unan ustedes sus esfuerzos para conquistar los tesoros de la eternidad, ocultos en la Cruz! Los libertinos se asocian para divertirse: ¡únanse ustedes para caminar en pos de Jesús crucificado!

A - Excelencia del nombre de AMIGOS DE LA CRUZ

3. Su nombre es AMIGOS DE LA CRUZ. ¡Qué nombre tan glorioso! Les confieso que me encanta y me cautiva: es más brillante que el sol, más encumbrado que los mayores títulos de reyes y emperadores. Es el nombre excelso de Jesucristo, Dios y Hombre verdadero. Es el verdadero nombre de un cristiano de verdad (ver Gal 6,14).

4. Pero, si su excelencia me cautiva, también su grandeza me anonada. ¡Qué compromiso tan serio y difícil conlleva este nombre! Bien lo expresa el Espíritu santo, al decir: "Ustedes son una raza elegida, un reino sacerdotal, una nación consagrada, un pueblo al que Dios eligió..." (1Pe 2,9).

Un Amigo de la Cruz es alguien a quien Dios elige entre diez mil personas que viven conforme a sus sentidos y caprichos. Es alguien a quien Dios hace partícipe de su misma vida y que, superándose a sí mismo y luchando contra los intereses terrenos, vive su existencia a la luz de una fe viva y con amor ardiente a la Cruz.

El Amigo de la Cruz es un rey poderoso, un héroe que triunfa sobre el demonio, el mundo y la carne en sus tres concupiscencias. Efectivamente, al amar la pobreza, triunfa sobre la avaricia; al amar el sufrimiento, domina la sensualidad.

El Amigo de la Cruz es un hombre santo que trasciende todo lo visible. Su corazón se eleva sobre lo caduco y perecedero. Su conversación está en los cielos (Flp 3,20). Vive en esta tierra como extranjero y peregrino (1Pe 2,11), y, sin apegarse a ella, la mira con indiferencia y la pisotea con desdén.

El Amigo de la Cruz es una conquista excepcional de Jesús crucificado y de su Madre santísima. Es un Benjamín hijo del dolor y de la diestra (Gn 35,18), concebido en el corazón doliente de Jesús, nacido de su costado lacerado y empapado en la púrpura de su sangre (Jn 19,34). Hace honor a su origen sangriento y por ello sólo respira cruz, sangre y muerte a lo mundano, a lo carnal y pecaminoso (Rm 6,2.20; 1Pe 2,24...), a fin de vivir en la tierra oculto en Dios con Jesucristo (Cl 3,3).

Finalmente, el verdadero Amigo de la Cruz es un verdadero portacristo o mejor, un Cristo viviente, que puede decir con toda verdad: "Ya no vivo yo: Cristo vive en mí" (Gl 2,20).

5. ¿Corresponden sus obras, queridos Amigos de la Cruz, a lo que significa su grandioso nombre? ¿Tienen, al menos, deseo sincero y voluntad resuelta de lograr ese ideal con la gracia de Dios a la sombra de la Cruz del Calvario y de la Virgen Dolorosa? ¿Utilizan los medios para lograrlo? ¿Avanzan por la verdadera senda de la vida (Pr 6,23), que es la estrecha y espinosa senda del Calvario? ¿No estarán caminando sin darse cuenta por la senda anchurosa del pecado, que conduce a la perdición? (Mt 7,13-14). ¿Se acuerdan de que "hay un camino que le parece recto a uno, pero en fin de cuentas conduce a la muerte"? (Pr 14,28).

6. ¿Saben discernir con claridad entre la voz de Dios y de su gracia y la voz del mundo y de la naturaleza? ¿Perciben con nitidez la voz de Dios, que como Padre cariñoso, luego de lanzar una triple maldición contra quienes siguen las concupiscencias pecaminosas [¡Ay, ay, ay! ¡Pobres los habitantes de la tierra! (Ap 8,13)], les dice a Uds. mientras les tiende los brazos con amor: "Pueblo mío... aléjense, apártense, escogidos míos, Amigos de la Cruz de mi Hijo; apártense de los mundanos a quienes mi Majestad detesta, a quienes mi Hijo rechaza (Jn 16,8-11) y mi Espíritu Santo condena?".

"¡Cuidado con sentarse en su trono de perdición, con participar en sus asambleas y hasta con detenerse en sus caminos! (Sl 1,1). ¡Huyan de la populosa e infame Babilonia! (Is 48,20; Jr 50,18; 51,6.9.45...). ¡Escuchen solamente la voz de mi querido Hijo y sigan sus huellas! Se lo he dado a ustedes para que sea su Camino, Verdad, Vida (Jn 14,6) y Modelo: ¡Escúchenlo! (Mc 9,7). Oigan la voz del amable Jesús que cargado con su cruz, les dice: "¡Síganme! El que me sigue no camina en tinieblas (Jn 8,12). ¡Ánimo, yo he vencido al mundo!" (Jn 8,20).

B - Los dos bandos

7. Ahí tienen, queridos Amigos, los dos bandos (Jn 16,33), con que a diario nos encontramos: el de Jesucristo y el del pecado.

A la derecha (Mt 6,24), el de nuestro amable Salvador. Avanza por un camino más estrecho y reducido que nunca, a causa de la corrupción del mundo. El divino Maestro encabeza el desfile. Avanza con los pies descalzos, la cabeza coronada de espinas, el cuerpo ensangrentado. Lleva a cuestas una pesada cruz. Sólo le sigue un puñado de personas; eso sí, las más valientes. Porque la voz de Jesús es tan suave que no se la puede escuchar en medio del tumulto del mundo o porque hace falta el valor necesario para seguirlo en la pobreza, los dolores, las humillaciones y demás cruces que es preciso llevar para servir al Señor todos los días.

8. A la izquierda, el bando del pecado o del demonio (Mt 25,33). Bando mucho más numeroso, espléndido y vistoso, al menos en apariencia. Lo más selecto del mundo corre hacia él. Las gentes se apretujan, aunque los caminos son anchos y más espaciosos que nunca, porque las multitudes transitan por ellos como torrentes. Sus senderos están tapizados de flores, bordeados de diversiones y placeres, cubiertos de oro y plata (Mt 7,13-14).

9. A la derecha, el 'pequeño rebaño' (Lc 12,32) que sigue a Jesucristo: habla sólo de lágrimas, penitencia, oración y desprecio a lo mundano. Se oyen allí continuamente palabras como éstas entrecortadas por sollozos: "Suframos, gimamos, ayunemos, oremos, ocultémonos, vivamos como pobres, mortifiquémonos (Jn 16,20). Pues, quien no posee el espíritu de Jesucristo –que es espíritu de Cruz– no puede pertenecerle a él (Rm 8,9). 'Los que pertenecen a Jesucristo tienen crucificada su carne con sus pasiones y deseos' (Gal 5,24). O somos imagen viviente de Jesucristo o nos perdemos.

"¡Ánimo! –gritan– "¡Ánimo! Si Dios está por nosotros, en nosotros y avanza delante de nosotros, ¿quién puede esta en contra nuestra? (ver Rm 8,31). Quien pertenece a los nuestros es más poderoso que quien sigue lo mundano. Un criado no es más que su señor (Jn 13,16; 15,20). Una momentánea y ligera tribulación produce un peso eterno de gloria (2Cor 4,17). El número de los elegidos es menor de lo que pensamos (Mt 20,26); Lc 13,23.24). Solamente los valientes y esforzados arrebatan el cielo (Mt 11,12). Un atleta no recibe el premio, si no compite conforme al reglamento (2Tm 2,5). ¡Luchemos, pues, con valentía! ¡Corramos a toda prisa para alcanzar la meta y ganar la corona" (1Cor 5,24-25).

Estas son algunas de las ardorosas palabras con que se animan unos a otros los Amigos de la Cruz!

10. En cambio, los amigos de lo mundano, gritan sin descanso para animarse a perseverar en su malicia sin escrúpulos: "¡Buena paz, paz, paz! (Jr 6,14; 8,11). ¡Alegría, alegría! (Is 22,12; Mt 24,27-39). ¡Cantemos, bailemos, divirtámonos! Dios es bondadoso y no nos creó para la condenación ni prohibe divertirnos! No nos vamos a condenar por esto. ¡Fuera escrúpulos! ¡No morirán!, etc." (Gn 3,4).

11. Recuerden, queridos asociados, que el buen Jesús les está mirando, y le dice a cada uno en particular: "Miren: casi todos me abandonan en el camino real de la Cruz. Los idólatras, enceguecidos, se burlan de mi Cruz como de una locura; los judíos, en su obstinación, se escandalizan de ella (1Cor 1,23), como objeto horrorizante; los herejes la destrozan y derriban como cosa despreciable.

"Más aún –y esto lo digo con lágrimas en los ojos y el corazón traspasado de dolor– mis propios hijos, criados a mis pechos y formados en mi escuela, mis propios miembros vivificados por mi Espíritu, me han abandonado y despreciado, convirtiéndose en enemigos de mi Cruz (Is 1,2; Flp 3,18). ¿Acaso ustedes también quieren dejarme (Jn 6,68), huyendo de mi Cruz, como los mundanos que en esto son otros tantos anticristos? (Ya han venido varios anticristos [1Jn 2,18]). ¿Quieren también ustedes conformarse a la corriente del mundo en que vivimos (Rm 12,2) y menospreciar la pobreza de mi Cruz, para correr en pos de las riquezas? ¿Quieren esquivar los dolores de mi Cruz para correr detrás de los placeres? ¿Odian las humillaciones de la Cruz para irse detrás de los honores?

"Aparentemente tengo muchos amigos que declaran amarme, pero que en el fondo me aborrecen, porque no aman mi Cruz. Tengo muchos amigos de mi mesa, pero muy pocos de mi Cruz" (Imitación de Cristo, II, c 2, n 1).

12. Ante llamada tan cariñosa de Jesucristo, superémonos a nosotros mismos. No nos dejemos arrastrar por nuestros sentidos, como Eva (Gn 3,6). Miremos sólo a Jesús crucificado, autor y consumador de nuestra fe (Heb 12,2). Huyamos de la corrupción de las concupiscencias del mundo depravado (2Pe 1,4). Amemos a Jesucristo como él se lo merece, es decir, llevando en su seguimiento toda clase de cruces. Meditemos detenidamente estas admirables palabras de nuestro amable Maestro: encierran toda la perfección de la vida cristiana.

SEGUNDA PARTE PRACTICAS DE LA PERFECCION CRISTIANA

13. En efecto, la perfección cristiana consiste:

1 - en aspirar a la santidad: el que quiera venirse conmigo

2 - en dominarse: que se niegue a sí mismo,

3 - en padecer: que cargue con su cruz cada día

4 - en comprometerse con Jesucristo: y me siga" (ver Mt 16,24).


1º - Aspirar a la santidad: el que quiera venirse conmigo



14. El que quiera... No los que quieran, para indicar el reducido número de los elegidos (Mt 20,16; Lc 13,23), que quieren asemejarse a Jesucristo cargado con su Cruz. Es, en verdad, tan reducido que si lo conociéramos, quedaríamos consternados de dolor.

Es tan reducido que apenas si hay uno entre diez mil.

Así le fue revelado a varios santos –entre otros a san Simeón Estilita– según refiere el santo Abad Nilo, siguiendo a san Efrén, san Basilio y otros.

Es tan pequeño que, si Dios quisiera reunirlos, tendría que gritarles, como en otro tiempo por boca de un profeta: "Reúnanse uno por uno (Mt 27,12); uno de esta provincia, otro de aquella nación".

15. El que quiera... El que tenga voluntad sincera, voluntad firme y resuelta. Y esto, no por instinto natural, por rutina, egoísmo, interés o respeto humano, sino por la gracia triunfal del Espíritu santo, que no se comunica a todos: No a todos ha sido dado conocer el misterio (Mc 4,11; Mt 13,11).

El conocimiento experimental del misterio de la Cruz se comunica sólo a muy pocos. Pues, para que alguien suba al Calvario y se deje crucificar con Jesucristo, en medio de los suyos, es necesario que sea todo un valiente, un hombre resuelto y amigo de Dios, pronto a hacer trizas al mundo y al infierno, a su cuerpo y a su voluntad egoísta; un hombre decidido a sacrificarlo todo, a emprenderlo todo y padecerlo por Jesucristo.

Sepan, queridos Amigos de la Cruz, que aquellos de entre ustedes que no tengan una determinación así, andan sólo con un pie, vuelan sólo con un ala y no son dignos de permanecer en medio de ustedes (2Mac 1,3). Una voluntad a medias –lo mismo que una oveja sarnosa– basta para contagiar a todo el rebaño. Si alguna de éstas ha entrado en el redil, por la falsa puerta de lo mundano, échenla fuera en nombre de Jesús crucificado, como se echa al lobo de entre las ovejas (Mt 7,15; Jn 10,1).

16. El que quiera venirse conmigo... que me humillé y anonadé (Flp 2,6-8) de tal manera que parezco más un gusano que un hombre (Sl 21,7), que vine al mundo (Heb 10,7.99; Sl 34,8) sólo para abrazar la Cruz y enarbolarla sobre mi corazón (Sl 39,9), para amarla desde mi juventud (Sab 8,2), suspirar por ella durante toda mi vida (Lc 12,50), cargar con ella alegremente prefiriéndola a todos los goces y delicias del cielo y de la tierra (Heb 12,2), y que, finalmente, no alcancé la plenitud del gozo sino cuando pude morir en sus brazos divinos.

2º - Dominarse: Que se niegue a sí mismo

17. El que quiera, pues, venirse conmigo, anonadado y crucificado de ese modo, debe a imitación mía, gloriarse sólo en las promesas, las humillaciones y padecimientos de mi Cruz: que se niegue a sí mismo.

¡Lejos de la compañía de los Amigos de la Cruz, los que sufren con actitud orgullosa! ¡Lejos, esos célebres sabios de este siglo, esos genios poderosos y agudos intelectuales, hinchados y engreídos de sus propias luces y talentos! ¡Lejos, esos hábiles charlatanes, que arman mucho ruido, sin otro fruto que la vanidad! ¡Lejos, esos devotos orgullosos, que hacen resonar por todas partes el 'en cuanto a mí' de Lucifer, el orgulloso: no soy como los demás (Lc 18,11), y no pueden soportar que los censuren, sin excusarse; que los ataquen, sin defenderse; que los humillen, sin ensalzarse!

¡Mucho cuidado! ¡Nada de admitir en sus filas a esas personas delicadas y sensuales que rehuyen hasta la menor molestia, que maldicen y se quejan ante el dolor más insignificante, que jamás han experimentado instrumentos de penitencia y que mezclan sus devociones, hechas a la moda, con la más solapada y refinada sensualidad y falta de mortificación.

3º - Padecer: que cargue con su cruz

18. Con su cruz. ¡Sí, con su propia cruz! No con la del vecino. Que ese hombre y esa mujer excepcionales –que toda la tierra no alcanza a pagar (Pr 31,10)– tomen con alegría, abracen con entusiasmo y lleven en sus hombros con valentía su propia cruz y no la de los demás:

* la cruz, que mi sabiduría le fabricó con número, peso y medida (Ef 3,18);

* la cruz, cuyas dimensiones –espesor, longitud, anchura y profundidad– tracé por mi propia mano con perfección extraordinaria;

* la cruz, que les he labrado con un trozo de la que llevé al Calvario, como fruto del amor infinito que le tengo;

* la cruz, que es el mejor regalo que puedo hacer a mis elegidos en este mundo;

* la cruz, constituida en cuanto a su espesor, por la pérdida de sus bienes, las humillaciones, menosprecios, dolores, enfermedades y penalidades espirituales, que –por permiso mío– les sobrevendrán día tras día hasta la muerte;

* la cruz, constituida en cuanto a su longitud, por una serie de meses o días en que se verán abrumados de calumnias, postrados en un lecho, reducidos a mendicidad, víctimas de tentaciones, abandonos y otras congojas interiores;

* la cruz, conformada en cuanto a su anchura, por el trato más duro y amargo de parte de sus amigos, servidores o familiares;

* la cruz, conformada, por último, en cuanto a su profundidad, por las penas más ocultas con que les atormentaré, sin que logren hallar consuelo en las criaturas, las cuales, por orden mía, les volverán la espalda y se unirán a mí para hacerles sufrir.

19. ¡Que cargue con su cruz! Que no la lleve arrastrando, ni la rechace, ni la recorte, ni la esconda. En otras palabras: que la lleve en alto, sin impaciencia , sin quejas ni críticas voluntarias, sin mediastintas ni componendas, sin avergonzarse ni ceder al respeto humano.

Que la estampe sobre su frente, diciendo con san Pablo: "Dios me libre de gloriarme más que en la cruz de nuestro Señor Jesucristo" (Gal 5,14), mi Maestro.

Que la lleve a cuestas, a ejemplo de Jesucristo, para que sea el arma de sus conquistas y el cetro de su imperio (Is 9,6.7).

Por último, que la enarbole en su corazón por el amor, para que se convierta en zarza encendida que arda sin consumirse noche y día en el amor puro de Dios (Ex 3,2).

20. Que cargue con su cruz, porque nada es:

1) tan necesario;

2) tan útil;

3) tan dulce;

4) ni tan glorioso, como padecer por Jesucristo (Hch 5,41).

1) Nada tan necesario como padecer por Jesucristo

a) para los pecadores...


1. Efectivamente, queridos, Amigos de la Cruz, todos ustedes son pecadores. No hay entre ustedes quien no merezca el infierno. En cuanto a mí, lo merezco como nadie. Nuestros pecados tienen que ser castigados en este mundo o en el otro. Si Dios los castiga en este mundo y de acuerdo con nosotros, el castigo será amoroso. En efecto, nos castiga su misericordia, que reina en este mundo, y no el rigor de su justicia; el castigo que nos imponga será leve y pasajero, acompañado de dulzura y méritos y de recompensas, en este mundo y para la eternidad.

22. Pero, si el castigo que merecen nuestros pecados queda reservado para el otro mundo, la justicia inexorable de Dios, que lo pasa todo a sangre y fuego, ejecutará la condena. ¡Castigo espantoso! (Heb 10,31), inenarrable, incomprensible! (Sl 69,11). ¡Castigo sin misericordia (St 2,13), sin compasión, sin alivio, méritos, ni fin! ¡Sí, castigo sin fin! Ese pecado mortal que en un instante cometieron, ese mal pensamiento que escapó a su conocimiento (2Cor 4,4; Sl 18,13), aquella palabra que se llevó el viento, aquella acción insignificante y de tan corta duración contra la ley de Dios, serán castigados por toda la eternidad, mientras Dios sea Dios, con los demonios en el infierno, sin que el Señor de las venganzas se apiade de tan espantosos tormentos, de sus sollozos y lágrimas, capaces de romper los peñascos! ¡Sufrir para siempre, sin mérito alguno, sin misericordia ni término!

23. ¿Pensamos en ello, queridos hermanos y hermanas, cuando padecemos algún dolor en este mundo? ¡Qué suerte la nuestra! ¡Poder cambiar en forma tan ventajosa una pena eterna e infructuosa por una pasajera y meritoria, al llevar con paciencia nuestra cruz! ¡Cuántas penas nos quedan por saldar! ¡Cuántos pecados hemos cometidos! Para expiar por ellos –aún después de una verdadera contrición y de una confesión sincera– tendremos que padecer en el purgatorio durante siglos y siglos por habernos contentado en este mundo con penitencias insignificantes. ¡Cancelemos, entonces, por amor, nuestras deudas en esta vida, llevando bien nuestras cruces!

En la otra vida habrá que pagarlo todo con estricta justicia, hasta el último céntimo (Mt 5,26), hasta la menor palabra ociosa (Mt 19,36). Si logramos arrebatar al demonio el diario (Cl 2,14) de muerte en que tiene anotados todos nuestros pecados y el castigo que merecen, ¡qué debe tan enorme encontraremos! Y qué felices nos sentiremos de poder padecer aquí años enteros, antes que sufrir un solo día en otro mundo!

b) ... para los amigos de Dios...

24. ¿No se sienten felices, Amigos de la Cruz, de ser amigos de Dios o de tratar de serlo? ¡Decídanse, entonces, a apurar el cáliz que es forzoso beber para llegar a ser amigos de Dios! Benjamín, el predilecto, halló la copa, mientras que sus hermanos sólo encontraron el trigo (Gn 44,12) El discípulo amado de Jesucristo llegó a poseer su corazón, subió al Calvario y participó de su cáliz (Mc 10,38; Mt 20,22). Es cosa excelente anhelar la gloria de Dios, pero desearla y pedirla, sin decidirse a padecerlo todo, es una locura, una petición extravagante...

¡Sí! Es necesario, es indispensable. No hay otro camino para entrar en el reino de Dios que pasar por muchas tribulaciones y cruces (Hch 14,21).

c) ... para los hijos de Dios...

25. Ustedes se glorían, y con razón, de ser hijos de Dios. Gloríense asimismo de los azotes que este Padre bondadoso les propina ahora y de los que les dará en el futuro, porque él; corrige a todos sus hijos (Pr 3,11.12; Heb 12,5-8; Ap 3,19). Si no son del número de sus hijos predilectos, ¡qué desgracia!, ¡qué maldición! Porque ello significa que pertenecen al número de los réprobos, como dice san Agustín. Quien añade que "el que no gime en este mundo como peregrino y extranjero no podrá alegrarse en el otro como ciudadano del cielo". Si Dios Padre no les envía de tiempo en tiempo alguna tribulación importante, ello quiere decir que ya no se interesa por ustedes, que, enfadado, los considera sólo como extranjeros y ajenos a su familia o como hijos que no merecen participar en la herencia paterna (Heb 12,8) y son indignos de su solicitud y correcciones.

d) ... para los discípulos de un Dios crucificado...

26. Amigos de la Cruz, discípulos de un Dios crucificado, el misterio de la cruz lo desconocen los no judíos, lo rechazan los judíos (1Cor 1,23) y lo menosprecian los herejes y malos cristianos. Y, sin embargo, es el misterio maravilloso que ustedes tienen que aprender en la práctica, en la escuela de Jesús crucificado y que sólo allí lograrán aprender. En vano irán a buscar en las academias de la antigüedad un filósofo que lo haya enseñado. En vano irán a consultar la luz de los sentidos y de la razón. ¡Sólo Jesucristo, con su gracia triunfadora, puede enseñarles y darles a gustar este misterio!

Adiéstrense, pues, en esta ciencia supereminente, bajo la guía de tan excelente Maestro. Que así llegarán a dominar todas las ciencias, ya que ésta las encierra a todas en grado sumo. Ella constituye nuestra filosofía natural y sobrenatural, nuestra teología divina y misteriosa. Es nuestra piedra filosofal que, gracias a la paciencia, cambiará en preciosos los metales más ordinarios; los dolores más atroces, en delicias; la pobreza, en riqueza y en gloria las humillaciones más profundas. Aquel de entre ustedes que sepa llevar mejor su cruz, aunque sea un analfabeto, es el más sabio de todos.

Oigan al gran san Pablo que al regresar del tercer cielo, donde había aprendido los misterios ocultos incluso a los ángeles, exclama que no sabe ni quiere saber nada diferente de Jesús crucificado (1Cor 2,2).

¡Alégrate, pues, tú, pobre ignorante, y tú, humilde mujer sin talento ni letras...! ¡Si sabes sufrir con alegría, sabes más que cualquier doctorado que no sepa sufrir tan bien como tú lo haces! (Mt 11,25; Lc 10,21).

e) ... para los miembros de Jesucristo...

27. Ustedes son miembros de Jesucristo (1Cor 6,15; 12,27; Ef 5,20). ¡Qué honor tan grande! Pero también, ¡qué necesidad tan imperiosa de padecer implica el serlo! Si la Cabeza está coronada de espinas (Mc 14,65; Jn 18,22; 19,3), ¿podrán los miembros coronarse de rosas? Si la Cabeza es escarnecida (Mt 8,20; Lc 9,58), ¿querrán los miembros vivir entre los perfumes y las comodidades de un trono de gloria? Si la Cabeza no tiene donde reclinarse, ¿desearán los miembros descansar entre plumas y edredones? ¡Cosa monstruosa sería!

¡No, no! Mis queridos Amigos de la Cruz, ¡no se hagan ilusiones! Esos cristianos a quienes ustedes encuentran por todas partes, trajeados a la moda, delicados en extremo, altivos y engreídos a más no poder, no son los verdaderos discípulos de Jesús crucificado. Y, si ustedes creen lo contrario, están injuriando a esa Cabeza coronada de espinas y a la verdad del Evangelio. ¡Válgame Dios! ¡Cuántas caricaturas de cristianos, que pretenden ser miembros de Jesucristo, cuando en realidad son sus más alevosos perseguidores, porque mientras hacen con una mano la señal de la cruz, son sus enemigos declarados en el corazón!

Si ustedes se precian de que les guía el espíritu de Jesucristo y que viven la vida de esa Cabeza (Gl 2,20), lacerada de espinas, no esperen sino abrojos, azotes, clavos, etc., en una palabra, Cruz. Porque es necesario que el discípulo sea tratado como el Maestro y los miembros como la Cabeza. Y si el cielo les ofrece, como a santa Catalina de Siena, una corona de espinas y otra de rosas, escojan sin vacilar la de espinas y húndanla en su cabeza para asemejarse a Jesucristo.

f) ... para los templos del Espíritu santo

28. Ustedes saben que son templo vivo del Espíritu santo (1Cor 6,19) y que este Dios de amor quiere colocarlos como piedras vivas (1Pe 2,5) en la construcción de la Jerusalén celestial (Ap 21,2.19). Dispónganse, pues, a ser labrados, cortados a la medida, cincelados por el martillo de la cruz. De lo contrario, seguirán siendo como piedras toscas e inservibles que hay que descartar y apartar de la construcción. ¡Cuidado con poner resistencia al martillo que los golpea! ¡Cuidado con resistir al cincel que los labra o a la mano que los pule! ¡Quizás Dios, como hábil y amoroso arquitecto quiere convertirlos en una de esas piedras fundamentales en su edificio eterno, en uno de los retablos más hermosos de su reino celestial! ¡Déjenle actuar! El les ama a ustedes, sabe lo que les hace falta y es artista consumado. Todos sus golpes son acertados y amorosos. No da golpe alguno en falso, si ustedes no lo inutilizan con su falta de paciencia.

29. El Espíritu santo compara la Cruz, a veces a un cernedor que separa el buen trigo de la paja y la hojarasca (Is 41,16; Jr 15,7; Mt 3,12; Lc 3,17). Déjense, pues, sacudir y zarandear, como el grano en el cernedor sin poner resistencia: están en el aventador del Padre de familia y pronto pasarán a su granero. Otras veces compara la cruz al fuego que con la energía de sus llamas quita el orín al hierro (1Pe 2,5). Dios es un fuego consumidor (Heb 12,29) y, por la cruz, habita en el alma para purificarla sin consumirla, como se hizo presente en otro tiempo, en la zarza ardiente (Ex 3,2-3). Por último, la compara también al crisol de una fragua donde se refina el oro auténtico (Pr 14,3; Eclo 3,5), mientras el falso se desvanece en humo; el verdadero tolera pacientemente la prueba del fuego, mientras el oropel se alza en humo contra las llamas. En el crisol del sufrimiento se purifican los verdaderos Amigos de la Cruz, mediante la paciencia, mientras los enemigos de ella se disipan en humo (Sl 36,20; 67,3) a causa de su impaciencia y murmuraciones.

Hay que sufrir...

a) como los santos...

30. Contemplen, queridos Amigos de la Cruz, contemplen la nube inmensa de testigos (Heb 12,1) que, sin decir palabra, prueban lo que estoy diciendo. Vean desfilar ante sus ojos al justo Abel, asesinado por su hermano (Gn 4,45); a Abrahán, justo y extranjero en la tierra (Gn 12,1-9); al justo Lot, desterrado de su país (Gn 19,1.17); a Jacob, justo y perseguido por su hermano (Gn 25,27; 27,41); a Tobías, justo y afligido por la ceguera (Tb 2,9-11); al justo Job, empobrecido y convertido en llaga de pies a cabeza (Jb 1,1.8.14-19; 2,7-10).

31. Contemplen a tantos apóstoles y mártires enrojecidos en la púrpura de su propia sangre; a tantas vírgenes y confesores empobrecidos, humillados, rechazados y menospreciados, que gritan a coro con san Pablo: "Levanten la mirada hacia Jesús, autor y consumador de nuestra fe" (Heb 12,2), esa fe que tenemos en Jesús y en su cruz.

Contemplen, al lado de Jesucristo, la afilada espada que penetra hasta el fondo en el tierno e inocente corazón de María (Lc 2,35), exenta de todo pecado original y actual. Lástima no poder extenderme aquí sobre los padecimientos de Jesús y de María para hacer ver que lo que sufrimos no es nada en comparación con lo que ellos padecieron!

32. Después de esto, ¿quién puede eximirse de llevar su cruz? ¿Quién no volará a los lugares donde sabe que le espera la cruz? ¿Quién no exclamará con san Ignacio Mártir: "Que el fuego, el patíbulo, las fieras y todos los tormentos del demonio se desencadenen contra mí para que pueda gozar de Jesucristo" (Carta a los de Roma 5).

b) ... o como los condenados

33. En conclusión: si no quieren sufrir con paciencia ni llevar su cruz con resignación como los predestinados, tendrán que llevarla rezongando con impaciencia como los condenados.

Se parecerán a aquellos dos animales que arrastraban mugiendo el arca de la alianza (1Re 6,12). Imitarán a Simón Cirineo, que llevaba a las malas la misma cruz de Jesucristo y no cesaba de murmurar mientras cargaba con ella (Mc 15,21). Les sucederá, en fin, lo que al mal ladrón (Mc 15,27...), que rodó a los abismos desde lo alto de la cruz.

¡No, no! Esta tierra en que vivimos (Gn 3,18) no puede hacer feliz a nadie. ¡Es imposible ver claro en un mundo tenebroso! ¡No podemos hallar tranquilidad en este mar borrascoso! ¡No es posible vivir sin combates en una tierra de tentaciones que es un campo de batalla! ¡No es posible cruzar sin espinarnos por una tierra cubierta de abrojos! Es necesario que tanto los réprobos como los predestinados carguen con su cruz de grado o por fuerza.

Tengan presente estos versos:

¡Escógete una cruz de las tres del Calvario!

¡Escoge sabiamente porque es necesario

padecer sabiamente, o como penitente

o como sufre un réprobo que pena eternamente!

Es decir que si no quieren sufrir con alegría, como Jesucristo; ni con paciencia, como el buen ladrón, tendrán que sufrir como el mal ladrón, a pesar suyo. Tendrán que apurar hasta las heces el cáliz amargo (Is 51,17; Mc 10,38; Mt 20,22–23), sin el menor consuelo de la gracia, y cargar con todo el peso de la cruz sin la ayuda poderosa de Jesucristo.

Más aún tendrán que cargar con el peso fatídico que el demonio añadirá a su cruz a causa de la impaciencia que ella les producirá. Y así, después de haber sido desgraciados en este mundo como el mal ladrón, irán a hacerle compañía en las llamas eternas.

2) Nada tan útil ni tan dulce como padecer por Jesucristo...

34. Por el contrario, si sufren como conviene, la cruz se convertirá para ustedes en un yugo suave (Mt 11,30), porque Jesucristo la llevará con ustedes. Y la cruz vendrá a ser como las dos alas del alma que se eleva al cielo o como el mástil de la nave que les conducirá alegre y fácilmente al puerto de salvación.

Lleven la cruz con paciencia. Que esta cruz, bien llevada, les iluminará en las tinieblas espirituales, pues, quien no ha sido probado por la tentación sabe muy poco (Ecclo 34,40). Lleven su cruz con alegría y se sentirán inflamados de amor divino, porque "sin cruz y son dolor, no se vive en el amor" (Imitación de Cristo, III, 5,7). No hay rosas sin espinas.

La cruz alimenta el amor de Dios, como la leña el fuego. Recuerden la preciosa sentencia de la Imitación de Cristo: "Cuanto más violencia te hagas, sufriendo pacientemente, tanto más progresarás en el amor divino" (I, 25,3). Nada importante puede esperarse de esos cristianos delicados y perezosos que huyen de la cruz cuando la ven cerca y no buscan discretamente ninguna. Son tierra inculta, que sólo producirá espinas pues no ha sido arada, desmenuzada ni removida por un labrador experto. Son como el agua estancada que no sirve ni para lavar ni para beber.

Lleven su cruz con alegría. Hallarán en ella una fuerza que no podrá resistir ninguno de sus adversarios (Lc 21,5) y saborearán una dulzura tan encantadora que no hay nada semejante a ella.

Sí, hermanos carísimos, convénzanse de que el verdadero paraíso terrestre consiste en padecer por Jesucristo. Pregunten a todos los santos. Les contestarán que jamás han participado en banquete tan delicioso para el espíritu como cuando sufrieron los mayores tormentos.

"Que todos los suplicios del infierno caigan sobre mí", decía san Ignacio Mártir (a los cristianos de Roma 5). "No morir sino padecer", exclamaba santa Magdalena de Pazzis. "Sufrir y ser menospreciado por ti", añadía san Juan de la Cruz. Muchos otros santos han hablado de la misma manera, como se lee en sus biografías. ¡Confíen en Dios, queridos cofrades! Cuando padecemos con alegría y por Dios, la cruz es para todos objeto de toda la clase de deleites, dice el Espíritu santo (St 1,2). La alegría que brinda la cruz es mayor que la del campesino que se viera elevado al trono real, mayor que la del mercader que ganara millones, mayor que la del prisionero que se viera liberado de sus cadenas. Imagínense finalmente, las mayores alegrías de la tierra... ¡La de una persona crucificada y que sabe padecer como es debido las aventaja a todas!

3) ... nada tan glorioso...

35. ¡Alégrense, pues! Salten de gozo, cuando Dios les regale alguna cruz. Porque desciende sobre ustedes, y esto sin que se den cuenta, lo más valioso que existe en el cielo y en el mismo Dios. ¡Ciertamente, el mejor regalo de Dios es la cruz! Si lo comprendieran bien, mandarían celebrar misas, harían novenas, emprenderían peregrinaciones, como lo hicieron los santos, para alcanzar del cielo este divino regalo.

36. El mundo la llama locura, infamia, necedad, indiscreción, imprudencia. ¡Déjenlo que grite! Es un ciego. Y en su ceguera, considera la cruz sólo con visión terrena, muy lejos de lo que es en realidad. Esa ceguera forma parte de nuestra gloria. Ya que cuando el mundo nos proporciona alguna cruz, con sus desprecios y persecuciones, nos regala joyas, nos eleva al trono y nos corona de laureles (1Cor 1-2).

37. Pero, ¿qué digo? Ni todas las riquezas, ni todos los honores, cetros ni coronas resplandecientes de los potentados y emperadores pueden compararse con la gloria de la cruz, dice san Juan Crisóstomo. La cruz aventaja en gloria a la aureola de apóstol o de escritor sagrado. "Gustoso dejaría el cielo, añade el mismo santo iluminado por el Espíritu de Dios, si me lo permitieran, a fin de padecer por el Dios del cielo. Prefiero las cárceles y las mazmorras a los tronos imperiales. Cuenta menos para mí el don de hacer milagros, que permite dominar a los demonios, someter los elementos, detener el curso de los astros, resucitar a los muertos..., que el honor de padecer. San Pedro y san Pablo son más gloriosos en sus calabozos, con los pies encadenados (Hch 12,3-7), que cuando se ven arrebatados al tercer cielo y reciben las llaves del paraíso (2Cor 12,2).

38. En efecto, ¿no fue la cruz el medio por el cual alcanzó Jesucristo el título sobre todo título, para que ante el título concedido a Jesús, todos se arrodillen en el cielo, en la tierra y en el abismo (Flp 2,9-10). La gloria de quien sabe sufrir es tan sublime que el cielo, los ángeles, los hombres y hasta el mismo Dios le contemplan con alegría, como el espectáculo más glorioso. Y, si los santos tuvieran algún deseo, sería el de volver a este mundo para llevar algunas cruces.

39. Ahora bien, si la gloria de la cruz es tan sublime ya en este mundo, ¿cuál no será la que logrará en el cielo? ¿Quién explicará, quién alcanzará a comprender la riqueza eterna de gloria que nos obtiene el llevar debidamente la cruz por un solo momento? (2Cor 4,17). ¿Quién comprenderá la que adquiere den un día y, a veces, en toda una vida de cruces y dolores?

40. No cabe duda, queridos Amigos de la Cruz, de que el cielo les prepara una sublime misión, dice un gran santo, dado que el Espíritu santo los une tan estrechamente con lo que el mundo rehuye con tanto empeño. No cabe duda de que Dios quiere hacer llegar a la santidad a todos los Amigos de la Cruz, con tal que permanezcan fieles a su vocación y lleven la cruz como es debido, es decir, como la llevó Jesucristo.

4º - Comprometerse con Jesucristo: Y me siga

41. Pero no basta con sufrir: también tanto el demonio como el mundo tienen sus propios mártires. Es preciso padecer y llevar la cruz en seguimiento de Jesucristo: "que me siga" (Mt 17,24; Lc 9,23). Es decir, hay que llevar la cruz como Jesús llevó la suya.

Para ello, éstas son las consignas que deben seguir: Las catorce reglas

1 - No se busquen cruces de propósito...

42. No se busquen cruces de propósito y por su propia cuenta: no hay que hacer el mal para lograr el bien (Rm 3,8). Sí, sin especial inspiración, no hay que hacer mal las cosas para ganarse el desprecio de los hombres. Es mejor imitar a Jesucristo de quien se dice que todo lo hizo bien (Mc 7,37). No se debe obrar por egoísmo ni por vanidad, sino para agradar a Dios y buscar la conversión de nuestros hermanos. Si ustedes se dedican a cumplir con sus deberes lo mejor que puedan, no les van a faltar contrariedades, persecuciones ni menosprecios. La divina Providencia se los enviará, aunque ustedes no los quieran ni opten por ellos.

2 - Tengan en cuenta el bien de los demás

43. Si quieren hacer algo en sí indiferente, que, aunque sin motivo puede escandalizar al prójimo, absténganse de hacerlo, por amor y para evitar el escándalo de los sencillos (1Cor 8,13). Será un acto de caridad infinitamente más valioso que lo que hacían o querían hacer.

Sin embargo, si el bien que hacen es necesario o útil al prójimo, y algún fariseo o espíritu malintencionado se escandaliza sin motivo, consulten a alguna persona prudente para saber si lo que hacen es necesario o de gran utilidad para el prójimo en general. Si ella responde afirmativamente, sigan adelante y déjenlos hablar, con tal que ellos los dejen obrar a ustedes. Respondan entonces lo que contestó Jesús a sus discípulos cuando vinieron a contarle cómo los fariseos se habían escandalizado de sus palabras y actuaciones: "¡Déjenlos, son ciegos!" (Mt 15,14).

3 - Admiren, pero no pretendan obrar como algunos grandes santos

44. Algunos santos y varones ilustres pidieron, buscaron y hasta se impusieron cruces, desprecios y humillaciones, mediante acciones ridículas. Contentémonos con adorar y admirar la conducta maravillosa del Espíritu santo en ellos y humillémonos a la vista de tan sublimes virtudes. Pero no pretendamos volar tal alto, ya que al lado de esas águilas veloces y de esos leones rugientes, sólo somos criaturas despreciables.

4 - Pidan a Dios la sabiduría de la cruz

45. Sin embargo, pueden y deben pedir la sabiduría de la cruz: ciencia sabrosa y experimental de la verdad, que lleva a contemplar a la luz de la fe los misterios más ocultos, entre ellos los de la cruz. Sabiduría que sólo se alcanza mediante grandes padecimientos, humillaciones profundas y fervientes oraciones.

Si necesitan ese espíritu generoso (Sl 50,12), que ayuda a llevar con valentía las cruces más pesadas; de ese espíritu bueno (Lc 11,13) y suave que permite saborear en la parte superior del alma las amarguras más intensas; de ese espíritu puro y recto (Sl 50,12), que sólo busca a Dios; de esa ciencia de la cruz, que en sí misma lo encierra todo; –en una palabra– de ese tesoro infinito, cuyo buen uso nos permite participar de la amistad de Dios (Sb 7,14), imploren la Sabiduría, pídanla incesante e insistentemente, sin titubeos (St 1,5-6), sin temor de no obtenerla, y ciertamente la alcanzarán, y comprenderán claramente y por experiencia propia cómo puede uno llegar a desear y buscar la cruz y deleitarse en ella.

5 - Humíllense ante las propias faltas, pero sin desesperarse


46. Si por ignorancia o, incluso, culpablemente cometieron alguna falta que les acarree cruces, humíllense inmediatamente dentro de ustedes mismos, bajo la mano poderosa de Dios (1Pe 5,6), pero sin turbación voluntaria, diciendo, por ejemplo: "Estos son, Señor, los frutos de mi huerto". Y si hubo algún pecado en la falta cometida, acepten la humillación resultante, como castigo; si no lo hubo, reciban la humillación en castigo de su orgullo.

Con frecuencia, y hasta con mucha frecuencia, permite Dios que sus mejores servidores –los más elevados en gracia– cometan las faltas más humillantes para rebajarlos a sus propios ojos y a los de los demás, y alejarlos del pensamiento orgulloso de las gracias concedidas y del bien que hacen, de suerte que nadie pueda engallarse ante Dios, como dice el Espíritu santo (1Cor 1,29).

6 - Dios nos humilla para purificarnos

47. Tengan la plena certeza de que cuanto hay en nosotros ha quedado emponzoñado por el pecado de Adán y nuestros pecados personales: no sólo nuestros sentidos corporales, sino también las potencias del alma. De suerte que, apenas nuestro espíritu corrompido mira con detención y complacencia algún don concedido por Dios, ese don, esa acción, esa gracia quedan empañados y manchados y Dios aparta de ellos su mirada. Si nuestras miradas y pensamientos echan así a perder las mejores acciones y los dones más excelentes, ¿qué diremos de los actos de voluntad propia, mucho más empañados que los del entendimiento?

No nos extrañemos, entonces, de que Dios se complazca en ocultar a los suyos en los repliegues de su rostro (Sl 30,21), para que no los manchen las miradas de los hombres ni el conocimiento que tienen de sí mismos. Y para ocultarlos así, ¡qué cosas no permite y hace este Dios celoso! ¡Cuántas tentaciones permite que los ataquen, como a san Pablo (2Cor 12,7). ¡En qué incertidumbres, tinieblas y perplejidades los sumerge! ¡Oh! ¡Cuán admirable se muestra Dios en sus santos y en los caminos por los cuales los conduce a la humildad y a la santidad!

7 - ¡Eviten ante las cruces los engaños del orgullo!

48. ¡Mucho cuidado! No crean, pues, como los devotos orgullosos y engreídos que las cruces que llevan son enormes, que constituyen una señal de su fidelidad personal y testimonio de una excepcional predilección que Dios les manifiesta. Es una sutil e ingeniosa emboscada del orgullo espiritual, tremendamente venenosa.

Piensen más bien:

a) que su orgullo y delicadeza les hace considerar como vigas lo que no son más que pajas; como llagas, las simples picaduras; como elefantes, los ratones; como injurias atroces y crueles abandonos, una palabrita que se lleva el viento y es sólo cosa insignificante;

b) que las cruces que el Señor les envía son, en realidad, castigos amorosos de Dios a causa de sus pecados y no señal de especial predilección;

c) que por más cruces y humillaciones que el Señor les envía, son en número infinitamente mayor las que les ahorra, dada la cantidad y enormidad de sus crímenes. En efecto, éstos deben considerarse a la luz de la santidad de Dios, que no soporta nada impuro, y a quien han ofendido; de un Dios que ha muerto agobiado de dolor a causa de sus pecados; de un infierno eterno, que han merecido miles y miles de veces;

d) que a la paciencia con que padecen se mezcla lo humano y natural en cantidad mucho mayor de lo que piensan. Prueba de ello son los miramientos egoístas, la velada búsqueda de consuelos, las confidencias tan naturales a los amigos y quizás al director espiritual, las excusas tan rebuscadas y a propósito, las quejas, o mejor, las murmuraciones tan hermosamente arregladas y en apariencia tan caritativas contra quienes les han hecho algún mal, el volver y revolver deleitosamente los propios dolores, la creencia diabólica de que ustedes son tan importantes, etc (Hch 8,9).

Sería cosa de no acabar, si tratara de describir aquí las vueltas y revueltas de la naturaleza, hasta en los sufrimientos.

8 - Aprovechen los sufrimientos pequeños más que los grandiosos

49. Aprovechen y saquen fruto de los sufrimientos pequeños más que los grandiosos: el Señor no se fija tanto en lo que uno padece cuanto en la manera como sufre. Sufrir mucho, pero mal es sufrir como condenados; sufrir mucho y valerosamente, por una mala causa, es sufrir como mártires de Satanás; sufrir poco, pero por Dios, es sufrir como santos.

Si podemos escoger nuestras cruces, optemos por las pequeñas y carentes de brillo, cuando se presenten al lado de las grandiosas y refulgentes. El orgullo natural puede pedir, buscar y hasta escoger y abrazar cruces grandiosas y deslumbrantes. Pero escoger y cargar con alegría las pequeñas y sin brillo es sólo efecto de una gracia muy grande y de una especial fidelidad al Señor. Actúen, pues, como el comerciante en su mostrador. Saquen provecho de todo. No desperdicien la menor partícula de la cruz verdadera. Aunque sólo sea la picadura de un mosquito o de un alfiler, el malhumor de un vecino, un desprecio insignificante, la pérdida de algunos pesos, una pequeña turbación anímica, un ligero cansancio corporal, algún leve malestar, etc. Sí, saquen provecho de todo, como el tendero, que amontona en su mostrador peso a peso, y, en corto tiempo, se enriquecerán según Dios. A la menor contrariedad que les acontezca, digan: "¡Bendito sea Dios! ¡Gracias, Dios mío!" Y depositen en la memoria de Dios, que es como su alcancía, la cruz que acaban de ganar, sin pensar más en ella sino para decir: "¡Mil gracias, Señor!" o "¡Misericordia!".

9 - Amen la cruz con amor sobrenatural

50. Cuando hablo de amar la cruz, no quiero decir que la amen con amor sensible. Esto es imposible a la naturaleza.

Hay que distinguir tres clases de amor: el amor sensible, el amor racional y el amor fiel y supremo. En otras palabras, el amor de la parte inferior, que es la carne; el amor de la parte superior, que es la razón; el amor de la parte suprema o cima del alma, que es la inteligencia iluminada por la fe.

51. Dios no les pide que amen la cruz con el amor de la parte sensible. Siendo la carne corrupción y desorden, cuanto de ella procede queda manchado; más aún, no puede someterse por sí misma a la voluntad de Dios y su ley crucificante. Por ello, el Señor, hablando desde ella, decía en el huerto de los Olivos: "Padre... que no se haga mi voluntad sino la tuya" (Lc 22,42). Si en Jesucristo, en quien todo era santo, la parte inferior del hombre no pudo amar la cruz sin interrupción, ¿cómo esperar mejor comportamiento de la nuestra, que es sólo corrupción?

Es cierto que podemos a veces experimentar alegría, incluso sensible, cuando padecemos. Así la experimentaron muchos santos. Pero esta alegría no proviene de la carne, aunque en ella se experimente, sino de la parte superior, la cual se encuentra tan rebosante de la alegría divina del Espíritu santo que llega a redundar hasta en la parte inferior. De manera que en esos instantes, la persona más crucificada puede decir: "Mi corazón y mi carne exultan por el Dios vivo" (Sl 63,3).

52. Existe otro amor a la cruz que yo llamaría racional. Radica en la parte superior del hombre, que es la razón. Amor totalmente espiritual. Nace del conocimiento de la dicha que hay en sufrir por Dios. Es perceptible, y lo percibe el alma a la cual alegra y fortalece. Pero este amor racional y percibido, aunque es bueno y excelente, no es siempre necesario para sufrir con alegría y según Dios.

53. Porque hay otro amor en la cima o ápice del alma, según los maestros de la vida espiritual; o de la inteligencia, según los filósofos. Mediante este amor, aunque no experimentemos ningún gozo de los sentidos ni se perciba ninguna satisfacción racional en el alma, amamos y saboreamos la propia cruz a la luz de la fe, aunque con frecuencia todo sea guerra y sobresalto en la parte inferior, que gime, se queja, llora y busca alivio. De manera que entonces podemos decir con Jesucristo: "Padre que no se haga mi voluntad sino la tuya" (Lc 22,42). O con la santísima Virgen: "Aquí está la esclava del Señor; cúmplase en mí lo que has dicho" (Lc 1,38).

Con uno de estos dos amores de la parte superior hemos de amar y aceptar la cruz.

10 - Acepten, sin excepción ni selección, toda clase de cruces

54. Decídanse, queridos Amigos de la Cruz, a padecer toda clase de cruces sin excepción ni selección: pobrezas, injusticias, pérdida de bienes, humillaciones. contradicciones, calumnias, sequedades, abandonos, aflicciones interiores y exteriores, diciendo siempre: "Pronto está mi corazón, Dios mío, pronto está mi corazón" (Sl 56,8; 107,2). Dispongámonos a sufrir el abandono de los hombres, de los ángeles y aún del mismo Dios; a sufrir persecuciones, envidias, traiciones, calumnias, el descrédito y abandono de todos; a padecer hambre, sed, mendicidad, desnudez, destierros, cárceles, horcas y toda clase de suplicios, aunque no los hayan merecido por los crímenes que les atribuyen. Imagínense, finalmente, que, después de haber perdido todos los bienes y el honor, después de haber sido desalojados de su propia casa, como Job y santa Isabel de Hungría, los lanzan al polvo como a esta santa les arrastran a un estercolero como a Job, maloliente y cubierto de úlceras, sin que les proporcionen ni un trozo de tela para sus llagas ni un poco de comida que no se le niega ni al perro ni al caballo, y que, para colmo de males, Dios les abandona a todas las tentaciones del demonio, sin verter en sus almas el menor consuelo sensible. Créanlo firmemente, la meta suprema de la gloria divina y de la verdadera felicidad a que debe aspirar el auténtico Amigo de la Cruz consiste precisamente en todo esto.

11 - Cuatro estímulos para sufrir debidamente

55. Para ayudarse a sufrir como es debido, adquieran la santa costumbre de considerar las cuatro cosas siguientes:

a) La mirada de Dios

En primer lugar, la mirada de Dios, que como rey supremo contempla desde lo alto de una torre a sus soldados que están en medio de la lid, se complace en ellos y los alaba por su valor. ¿En quién fija Dios su mirada sobre la tierra? ¿En los reyes y soberanos, sentados en sus tronos? A éstos casi siempre los mira con desprecio. ¿Contemplará, entonces, los ejércitos triunfantes, las piedras preciosas, en una palabra, lo grande a los ojos de los hombres? ¡No!, pues lo que es grande a los ojos de los hombres es abominable delante de Dios. ¿Entonces, en qué se deleita y complace la mirada de Dios, de qué pide noticias a ángeles y demonios? Dios contempla al hombre que lucha por él contra la fortuna, el pecado, el infierno y contra sí mismo; al hombre que lleva su cruz con alegría.

¿No te has fijado acaso sobre la tierra en ese portento y maravilla tan grandes que causan la admiración de todo el cielo?, le dijo el Señor a Satanás. ¿Te has fijado en mi siervo Job, que sufre por mí (Jb 2,3).

b) La mano de Dios

56. En segundo lugar, consideren la mano de este poderoso Señor. Que permite todos los males que nos sobrevienen de la naturaleza, desde el más grande hasta el más pequeño.

La mano que aniquiló un ejército de cien mil hombres (2Re 19,35) hace caer la hoja del árbol y el cabello de la cabeza (Lc 21,18), la mano que con tanta dureza hirió a Job (Jb 1,13-22; 2,7-10), les roza suavemente con esa pequeña contrariedad. Con la misma mano hace el día y la noche, el sol y las tinieblas, el bien y el mal; permitió los pecados que ustedes les inquietan: no es el autor de la malicia, pero permitió la acción.

Así pues, cuando vean a un Semeí que les injuria y tira piedras como a David (2Sam 16,5-14), díganse a sí mismos: "No nos venguemos, dejémosle actuar, porque el Señor le ordena obrar así. Sé que merezco toda clase de ultrajes y que Dios me castiga justicieramente. ¡Detente, brazo mío! ¡Lengua mía, detente! ¡No hieras, no hables! Ese hombre, esa mujer que me injurian son embajadores de Dios, enviados por su misericordia a tomar venganza amistosamente. No irritemos su justicia, usurpando los derechos de su venganza; no menospreciemos su misericordia, resistiendo a sus amorosos golpes, no sea que su venganza nos remita a la estricta justicia en la eternidad".

¡Miren! Con una mano infinitamente poderosa y prudente les auxilia, mientras con la otra mano les corrige; aflige con una mano y con la otra edifica, humilla y enaltece; con suavidad y fuerza al mismo tiempo, abarca toda la vida con su potente brazo (Sb 8,1). Con suavidad, no permitiendo que sean tentados ni afligidos por encima de sus propias capacidades. Con fuerza, sosteniéndoles con gracias poderosas, proporcionadas a la violencia y duración de las tentaciones o de las pruebas. Con fuerza todavía, como dice él mismo por el espíritu de su Iglesia, constituyéndose en apoyo "al borde del precipicio en que se encuentran, en compañero de viaje para que no se extravíen, en sombra ante el calor asfixiante, en vestido ante la lluvia que les cala hasta los huesos y el frío que les hiela, en vehículo que les consume, socorro en la adversidad que les acosa, báculo en el camino resbaladizo y puerto en medio de las borrascas que les amenazan con la ruina y el naufragio" (Breviario Romano).

c) Las llagas y dolores de Jesús crucificado

57. Contemplen, en tercer lugar, las llagas y dolores de Jesús crucificado, que les pide personalmente: "Todos ustedes los que pasan por el camino, lleno de espinas y cruces por el que yo he transitado, miren y fíjense" (Lm 1,12): miren con los ojos corporales, fíjense con los ojos de la contemplación si su pobreza y desnudez, menosprecios, dolores y desamparos son semejantes a los míos. ¡Mírenme a mí, el inocente; quéjense ustedes, los culpables!" (1Pe 4,1).

El Espíritu santo nos ordena, por boca de los apóstoles, que moremos a Jesús crucificado, nos manda que nos armemos con estos pensamientos que constituyen en el arma más penetrante y terrible contra nuestros enemigos. Cuando les asalte la pobreza, la abyección, el dolor, la tentación y las demás cruces, ármense con el pensamiento de Jesús crucificado, que les servirá de escudo y coraza, de casco protector y espada de dos filos (Ef 6,11-18). En él hallarán la solución a todas las dificultades y el triunfo sobre cualquier enemigo.

d) Arriba el cielo; abajo, el infierno

58. En cuarto lugar, contemplen la espléndida corona que les aguarda en el cielo, si saben llevar bien la cruz. El pensamiento del galardón mantuvo fieles en la fe, durante la persecución, a los patriarcas y a los profetas, y animó a los apóstoles y a los mártires en sus trabajos y padecimientos. Los patriarcas decían con Moisés que preferían participar en las aflicciones del Pueblo de Dios para ser eternamente felices con él a disfrutar momentáneamente de un placer ilícito (Heb 11,24-26). Padecemos grandes persecuciones en espera del galardón, añadían los profetas con David (Sl 68,8; 118,112). Somos víctimas destinadas a la muerte, espectáculo a los ojos del mundo, de los ángeles y de los hombres (1Cor 4,11-18) por nuestros sufrimientos, y como basura y anatema, decían con san Pablo los apóstoles, en vista del peso inmenso de gloria eterna que nos procura este momento de ligera tribulación (2Cor 4,17).

Contemplamos por encima de nosotros a los ángeles que nos gritan: "¡Cuidado con perder la corona marcada con la cruz de Jesucristo! Se la ofrecen, con tal que lleven su cruz como es debido. Si no la llevan así, otro la llevará en su lugar y les arrebatará el premio. Peleen valerosamente sufriendo con paciencia –nos dicen todos los santos– y reinarán por la eternidad (Mt 5,10-12). "Sólo daré el premio, nos dice finalmente Jesucristo, al que sufra y venza por su paciencia (Ap 2,7.11.17.26-28; 3,5.12.21; 21,7).

Contemplemos, de otra parte, en el infierno el puesto que merecemos y nos aguarda junto al mal ladrón y a los réprobos, si, como ellos, padecemos entre murmuraciones, despecho y con espíritu de venganza. Exclamemos con san Agustín: "Quema, Señor, corta, poda, divide, castigando en este mundo mis pecados, con tal que me perdones en la eternidad".

12 - No se quejen jamás de las criaturas

59. No se quejen jamás voluntariamente de las criaturas que Dios utiliza para afligirlos.

En las aflicciones se dan tres clases de quejas:

la primera involuntaria y natural: es la del cuerpo que gime, suspira, se queja, llora y se lamenta. Si el alma –como dije antes– acepta la voluntad de Dios en su parte superior, no hay ningún pecado;

la segunda es razonable: si nos quejamos y manifestamos nuestro dolor a quien puede remediarlo, por ejemplo, al superior, al médico... Queja ésta que puede ser imperfección, si va demasiado cargada de preocupación; pero no encierra pecado;

la tercera es pecaminosa: se da cuando nos quejamos del prójimo para evitar el mal que nos mortifica o para vengarnos o lamentarnos del dolor que padecemos, consintiendo en esta queja y añadiendo impaciencia y murmuraciones.

13 - Reciban siempre la cruz con gratitud

60. No reciban nunca la cruz sin besarla humildemente, con gratitud y cuando dios en su bondad les regale alguna cruz de mayor importancia, denle gracias, en forma especial y hagan que otros los acompañen en su acción de gracias, siguiendo el ejemplo de aquella pobre mujer que luego de perder todos sus bienes en un pleito injusto, mandó en seguida celebrar una misa con el dinero que le quedaba, para agradecerle a Dios la buena suerte que había tenido.

14 - Buscar algunas cruces voluntarias

61. Para hacerse dignos de recibir las cruces que sin su cooperación les pueden sobrevivir y que son las mejores, busquen por su cuenta algunas cruces voluntarias, siguiendo el consejo de un buen director espiritual.

Ejemplos: ¿Tienen en casa algún mueble inútil al que están encariñados? Regálenlo a los pobres, diciendo: "Si Jesucristo es tan pobre, ¿querremos nosotros quedarnos con lo superfluo?" ¿Les repugna algún manjar? ¿Sienten horror ante algún acto de virtud o algún olor desagradable? ¡Saboreen ese manjar, practiquen esa virtud, huelan lo que les desagrada! ¡Vénzanse! ¿Tienen afecto demasiado sensible o exagerado a una persona u objeto? ¡Aléjense de ella, prívense de ese objeto, apártense de lo que les halaga! ¿Sienten prisa natural por ver, actuar, aparecer en público, correr a un sitio determinado? ¡Deténganse, cállense, ocúltense, aparten la vista! ¿Aborrecen instintivamente algún objeto o a alguna persona? ¡Úsenlo a menudo! ¡Frecuenten su trato! ¡Domínense!

62. Si son auténticos Amigos de la Cruz, el amor, siempre ingenioso, les ayudará a encontrar multitud de pequeñas cruces. Con ellas se irán enriqueciendo, sin darse cuenta y sin peligro de vanidad, ya que ésta se mezcla frecuentemente a la paciencia con que soportamos las cruces espectaculares. Entonces, por haber sido fieles al Señor en lo poco, él, según su promesa, les pondrá al frente de lo mucho (Mt 25,21.23), es decir, sobre multitud de cruces que les enviará, sobre una inmensa gloria que les irá preparando...

fonte:http://congregacionobispoaloishudal.blogspot.com 

sábado, 24 de abril de 2010

San Luis Grignion y los actuales ataques a la Iglesia

 
Ella misma te aplastará la cabeza, y tú pondrás asechanzas contra su talón
La actual saña del ataque laicista contra la Iglesia, nos lleva a preguntarnos el por qué de tanto odio. Es evidente no se busca solucionar el problema de la pedofilia practicada por algunos sacerdotes católicos. En realidad se trata, en la gran mayoría de los casos, de efebofilia, es decir, de relación con jóvenes. En otras palabras, de homosexualidad. Se reconoció las faltas, no basta. Se pidió perdón, pero no basta. Se castiga a los culpables, tampoco basta: la campaña continúa. ¿Quién no ve que es una persecución que se intenta lanzar contra la Iglesia para eliminar su influencia en el mundo de hoy?
San Luis María Grignion de Montfort, cuya fiesta se celebra el 28 de Abril, en su célebre Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, nos da una explicación, válida para todos los tiempos. El santo comenta la maldición que Dios pronunció contra el demonio, cuando Adán y Eva fueron expulsados del Paraíso, en los siguientes términos:
“De estas últimas y crueles persecuciones del diablo, que irán aumentando de día en día hasta que venga el reinado del Anticristo, es de las que principalmente se ha de entender aquella primera y célebre predicción y maldición de Dios, fulminada en el paraíso terrenal contra la serpiente. Aprovecharemos la oportunidad de explicarla aquí, para gloria de María, salvación de sus hijos y confusión de los demonios.
“Inimicitias ponam inter te et mulierem, et semen tuum et semen illius: ipsa conteret caput tuum, et tu insidiaberis calcaneo eius. (Gen. 3. 15): «Pondré enemistades entre ti y la mujer y entre tu descendencia y la suya; ella misma te aplastará la cabeza, y tú pondrás asechanzas contra su talón».
“Dios no ha hecho ni formado nunca más que una sola enemistad, mas ésta irreconciliable, que durará y aumentará incluso hasta el fin, y es entre María, su digna Madre, y el diablo; entre los hijos y servidores de la Santísima Virgen y los hijos y secuaces de Lucifer, de suerte que el más terrible de los enemigos que Dios ha creado contra el demonio es María, a quien dio desde el Paraíso Terrestre, a pesar de que Ella sólo existía entonces en la mente divina, tal odio contra el maldito enemigo de Dios, tanta industria para descubrir la malicia de aquella antigua serpiente, tanta fuerza para vencer, aterrar y aplastar a ese orgulloso impío, que él la teme, no sólo más que a todos los ángeles y hombres, sino hasta en cierto sentido más que al mismo Dios: y esto no porque la ira, el odio y el poder de Dios no sean infinitamente mayores que los de la Santísima Virgen, cuyas perfecciones son limitadas, sino, primero, porque Satanás, a causa de su orgullo, padece infinitamente más al ser vencido y castigado de una pequeña y humilde esclava de Dios, y la humildad de Ésta lo humilla más que el poder divino; segundo, porque Dios ha otorgado a María un poder tan grande contra los diablos, que más temen ellos, según muchas veces han declarado a su pesar por la boca de los posesos, uno solo de los suspiros de María en favor de algún alma, que las oraciones de todos los santos, y una sola amenaza suya contra ellos, más que todos los otros tormentos.
“Lo que Lucifer perdió por orgullo, ganólo María por humildad; lo que Eva condenó y perdió por desobediencia, salvólo María por su obediencia. Eva, obedeciendo la voz de la serpiente, perdió consigo a todos sus hijos y los entregó al poder de Satanás. María, conservándose perfectamente fiel a Dios, ha salvado con Ella a todos sus hijos y servidores y los ha consagrado a la Majestad divina.
Dios no sólo ha creado una enemistad, sino enemistades y no sólo entre María y el demonio, sino entre la descendencia de la Santísima Virgen y la del diablo; es decir, que Dios ha levantado enemistades, antipatías y odios secretos entre los verdaderos hijos y servidores de su Madre y los hijos y esclavos del demonio; por eso no se aman mutuamente ni tienen correspondencia interior unos con otros. Los hijos de Belial, los esclavos de Satanás, los amigos del mundo (pues estos distintos nombres significan una misma cosa), han perseguido incesantemente hasta aquí y perseguirán todavía más que nunca a aquellos y aquellas que pertenezcan a la Santísima Virgen, así como en otro tiempo Caín persiguió a su hermano Abel, y Esaú a su hermano Jacob, que son figuras de los réprobos y de los predestinados. Pero la humildad de María triunfará siempre del orgulloso demonio; y la victoria será tan grande, que llegará hasta aplastarle la cabeza, en donde reside su orgullo. Ella descubrirá siempre su malicia de serpiente, hará manifiestas sus tramas infernales, disipará sus consejos diabólicos y a sus fieles servidores los librará hasta el fin de los tiempos de sus crueles garras.
“Pero el poder de María sobre todos los diablos brillará particularmente en los últimos tiempos, en que Satanás pondrá asechanzas a su talón, es decir, a sus humildes esclavos y a sus pobres hijos, que Ella suscitará para hacerle la guerra. Serán pequeños y pobres, según el mundo, y rebajados ante los otros como el talón, hollados y oprimidos como el talón lo es respecto de los demás miembros del cuerpo; mas, en cambio, serán ricos de las gracias de Dios, que María les distribuirá abundantemente, grandes y exaltados en santidad delante de Dios, superiores a toda criatura por su celo inflamado y tan fuertemente apoyados en el socorro divino, que con la humildad de su talón, en unión de Maria, aplastarán la cabeza del diablo y harán triunfar a Jesucristo”. (S. Luis María Grignion de Montfort, Obras Completas, Tratado de la verdadera devoción, Págs. 468–471 o núms. 51 a 53, BAC, Madrid 1954).

fonte:acción familia

terça-feira, 20 de abril de 2010

O TERÇO NA HISTÓRIA DA HUMANIDADE


A saudação que o Arcanjo Gabriel fez a Maria, conforme o Evangelho de JESUS escrito por São Lucas 1, 26-38. “Ave cheia de graça, o SENHOR está contigo!” e, a outra saudação feita pos Isabel quando Ela foi a Ain Karin para ajudá-la nos três últimos meses de gravidez deram origem a primeira parte da Ave Maria. Sua prima Isabel era idosa e necessitava de companhia. Disse Isabel ao saudar MARIA: “Bendita és tu entre as mulheres, e bendito é o fruto do teu ventre”.
No dia de encerramento do Concílio, depois de palavras admiráveis dos Padres Conciliares, que ressaltaram as virtudes e as prerrogativas especiais da VIRGEM MARIA, Sua Santidade o Papa Celestino emocionado e com lágrimas nos olhos, ajoelhou-se perante a assembléia e respeitosamente saudou NOSSA SENHORA: “SANTA MARIA, MÃE de DEUS, rogai por nós pecadores, agora e na hora de nossa morte. Amém”. Ai surgiu à segunda parte.
Todavia, a primeira manifestação efetiva a respeito do Terço ou Rosário, ocorreu no século XIII. No ano 1204, o Padre Domingos de Gusmão, fundador da Ordem dos Padres Pregadores, também chamados de Dominicanos, estava preocupado com os poucos frutos que seus zelosos missionários conseguiam, apesar das exaustivas e perseverantes pregações. A heresia dos albigenses infestava o sul da França e se difundia em todas as regiões com grande publicidade, negando a Encarnação de JESUS e o dom Divino concedido às pessoas, de gerar e criar cristãmente os seus filhos. NOSSA SENHORA sempre bondosa e complacente apareceu a Padre Domingos e lhe ensinou a rezar o Rosário, já que o mesmo existia, como forma eficaz de combater a heresia e converter o coração das pessoas. Padre Domingos e seus missionários acolheram a orientação Divina e rezaram diariamente o Rosário de NOSSA SENHORA com muito fervor e assim, conseguiram resultados admiráveis na luta contra os hereges e na conversão de milhares de pessoas, que acolheram os ensinamentos da Igreja.
Num passo seguinte o monge cartuxo Henrique de Egher ou de Calcar, em 1408, redigiu um poema intitulado “II Psalterium Beatae Mariae”, no qual estimulava a recitação de um “Pai-Nosso” antes de cada dezena, ou seja, de dez AVES MARIA, divulgando o Terço como NOSSA SENHORA o apresentou.
Assim, o Terço é uma oração bíblica, composta da primeira parte da Ave Maria e do Pai Nosso.
Após ser definida como oração sequêncial, passou-se a meditar os Mistérios de Cristo, o que se constiuiu no Rosário, também bíblico. Assim, eram 15 (quinze) os Mistérios a serem meditados, em grupos de 5 (cinco), chamados: Gozosos -   sobre a Anunciação, o Nascimento e a Infância de Jesus; os Dolorosos - sobre a Paixão e Morte de Jesus, e os Gloriosos – sobre a Ressurreição, Ascensão de Jesus e a Assunção e Coroação de Nossa Senhora. Daí que 5 (cinco) mistérios formavam 1/3 (um terço), ou seja, a terça parte do Rosário.
Em 2002, ano do Santo Rosário, Sua Santidade o Papa João Paulo II instituiu os mistérios Luminosos – sobre a vida pública de Jesus. Dessa forma, o Rosário tendo 4 (quatro) terços não deveria mais ser chamado de Terço e sim a 4ª (quarta) parte do Rosário. Entretanto, o Santo Padre optou por deixar permanecer o nome Terço, considerando que já estava firmado no coração dos devotos de nossa Mãe, e assim ficou.

A Origem e o Significado do Rosário


O costume de rezar breves fórmulas de oração consecutivas e numeradas mediante um artifício qualquer (contagem dos dedos, pedrinhas, ossinhos, grãos…), constitui uma das expressões da religiosidade humana, independentemente do Credo que alguém professa. Entre os cristãos, tal hábito já estava em uso entre os eremitas e monges do deserto nos séculos IV e V. Tomou incremento especial no Ocidente: no “Pai-Nosso” certo número de vezes consecutivas. Tal praxe teve origem, provavelmente, nos mosteiros, onde muitos cristãos professavam a Vida Religiosa, mas não estavam habilitados a seguir a oração comum, que compreendia a recitação dos salmos. Em conseqüência, para esses irmãos ditos “conversos”, os Superiores religiosos estipularam a recitação de certo número de “Pais-Nossos” em substituição do Ofício Divino celebrado solenemente no coro. Para favorecer esses exercícios de piedade, foi-se aprimorando a confecção das correntes que serviam à contagem das preces: cada um desses cordéis de grãos se dividia geralmente em cinco décadas; cada décimo grão era mais grosso do que os outros, a fim de facilitar o cálculo (portanto, ainda não se usavam, como hoje, séries de dez grãos pequenos separados por um grão maior, pois só dizia o “Pai-Nosso”). Esses instrumentos eram chamados “Paternoster” tanto na França como na Alemanha, na Inglaterra e na Itália ou, menos freqüentemente, “numeralia, fila, computum, preculae”. Os seus fabricantes constituíam prósperas corporações, ditas dos “Paternostriers” ou dos “Paternosterer”. Ao lado de tal praxe, ia-se desenvolvendo entre os fiéis outro importante exercício de piedade, ou seja, o costume de saudar a Virgem Santíssima; repetiam a saudação do anjo a Maria (“Ave, cheia de graça…”, Lc. 1, 28), acompanhada das palavras de Isabel (“bendita és tu entre as mulheres, e bendito é o fruto de tuas entranhas”, (Lc. 1, 42). A invocação subseqüente “Santa Maria, Mãe de Deus, rogai por nós…” ainda não estava em uso na Idade Média. Em conseqüência, por volta do ano 1150 ou pouco antes, os fiéis conceberam a idéia de dirigir a Maria, 150, 100 ou 50 saudações consecutivas, à semelhança do que faziam repetindo a oração do Senhor. Cada uma das séries de saudações (às quais cá e lá se acrescentava o “Pai-Nosso”) devia, segundo a intenção dos fiéis, constituir uma coroa de rosas ofertada à Virgem Santíssima; daí os nomes de “rosário” e “coroa” que se foram atribuindo a tal prática; a mesma era também chamada “Saltério da Virgem Santíssima”, pois imitava as séries de 150, 100 ou 50 “Pais-Nossos”, que faziam as vezes de Saltério dos irmãos conversos nos mosteiros. Assim se vê que os “Paternoster” e, posteriormente, os “rosários” entraram na vida de piedade dos fiéis à guisa de Breviário dos Leigos, com o objetivo de entreter nos fiéis a estima para com os Salmos e a oração oficial da Igreja; o Rosário tem assim o seu cunho de inspiração bíblica. Quanto ao nome “rosário” em particular, foi muito fomentado por um relato popular do século XIII: narrava-se que um monge cisterciense se comprazia em recitar freqüentemente 50 Ave-Marias, as quais emanavam de seus lábios como rosas que se iam depositar na cabeça da Virgem Santíssima. Um passo ulterior no desenvolvimento do Rosário se deve ao monge cartuxo Henrique de Egher ou de Calcar (+1408). Este redigiu um poema intitulado “Psalterium Beatae Mariae”, no qual estimulava a recitação em “Pai-Nosso” antes de cada dezena de “Ave-Marias” ‘ora, este uso foi encontrado espontânea aceitação por parte dos fiéis e veio a tornar-se comum’. Outra etapa importante foi a associação da meditação à recitação vocal das “Ave-Marias”. No século XIV, tal praxe estava em vigor nos mosteiros das monjas dominicanas de Töss e Jatharinental. Contudo, a difusão desse costume se deve a um monge cartuxo, Domingos Rteno, que viveu no início do século XV; Domingos propunha a recitação de 50 “Ave-Marias”, cada qual com seu ponto de meditação próprio. Outros sistemas de meditação entraram aos poucos em vigor: houve quem as aplicasse a 150, 165, 200… pontos ou mistérios. O dominicano Alano da Rocha (+1475) sugeria a recitação de 150 mistérios, que percorriam os principais aspectos da obra da Redenção, desde o anúncio do anjo a Maria até a morte da Virgem Santíssima e o juízo final. Mais uma faceta da evolução do Rosário, já insinuada pelos precedentes, foi a inclusão dos mistérios dolorosos da Paixão do Senhor entre os temas de meditação. Isto se explica pelo caráter sombrio e tristonho que, por vezes, tomou a piedade popular no fim da Idade Média: o de pestes, os temores de fim do mundo, a Guerra dos Cem anos, muito chamaram a atenção dos fiéis para as tristezas da vida, em particular para as dores de Cristo e de Maria; muito então, além das sete alegrias de Maria, focalizavam devotamente as suas sete dores… A consideração destes tópicos da História mostra claramente que, durante séculos, a maneira de celebrar o “Saltério de Maria” variou muito, ficando ao arbítrio da devoção dos fiéis a forma precisa de honrar a Virgem por essa via. Papel de relevo na orientação geral da prática do Rosário coube, sem dúvida, à benemérita Ordem de São Domingos, à qual foi sempre muito caro esse exercício de piedade; através de Irmandades do Rosário, assim como por meio de pregações, escritos, devocionários etc., os dominicanos difundiram largamente a devoção. Foi, finalmente, um Papa dominicano, São Pio V (1566-1572) quem deu ao Rosário a sua forma atual, determinando tanto o número de “Pais-Nossos” e “Ave-Marias” como o teor dos mistérios que o vem integrar. O Santo Pontífice atribuiu à eficácia dessa prece a vitória naval de Lepanto, que, aos 7 de outubro de 1571, salvou de grande perigo a Cristandade ocidental; em conseqüência, introduziu no calendário litúrgico da Ordem de São Domingos a festa do Rosário sob o nome de “Festa de Nossa Senhora do Rosário”. A solenidade foi, em 1716, estendida à Igreja universal, tomando mais tarde o nome de “Festa de Nossa Senhora do Rosário”. A devoção foi, daí por diante, mais e mais favorecida pelos Pontífices Romanos, merecendo especial relevo o Papa Leão XIII, que determinou que fosse o mês inteiro de outubro dedicado, em todas as paróquias, à recitação do Rosário. Na base destas notícias, vê-se o quanto é falso afirmar, como de vez em quando se lê, que o Rosário é inovação introduzida no Cristianismo em 1090. O costume antigo de repetir orações à guisa de coroa espiritual não se concretizou apenas no Rosário de Nossa Senhora. Além deste, estão em uso entre os fiéis, outras coroas espirituais representadas por um colar de contas correspondente. Assim, a Coroa dos Crucíferos, a Coroa das Sete Dores de Maria, a Coroa das Sete Alegrias de Maria, a Coroa Angélica, a Coroa de Santa Brígida… Por fim, é importante notar que o Rosário não é uma oração meramente vocal. A repetição das mesmas preces tem o objetivo de criar um clima contemplativo, que permita a meditação e o aprofundamento dos grandes mistérios da nossa fé, associados a cada dezena do Rosário. O aspecto meditativo ou contemplativo do Rosário é de valor capital.
Pesquisado no livro “Católicos Perguntam…
Dom Estevão Tavares Bettencourt, OSB
Nota do Veritatis Splendor – No ano de 2002, o Papa João Paulo II introduziu algumas importantes modificações na composição do rosário, os chamados mistérios luminosos.
Trata-se de mais um terço orientado para ser incluído no conjunto do Rosário.
O rosário era composto por três terços, ao se incluir os mistérios luminosos passou a ser composto por quatro terços.
Caso você queira rezar apenas o terço, reze os mistérios luminosos às quintas feiras. Quando for rezar o rosário deve-se rezar primeiro os mistérios gozosos (Segunda-feira e Sábado) , depois os mistérios luminosos : batismo de Jesus no rio Jordão, milagre da Boda de Canã , proclamação do Reino e o Cristo convidando à conversão, a transfiguração de Jesus , a instituição da eucaristia ; em seguida os mistérios dolorosos (Terça-feira e Sexta-feira)  , e finalmente os mistérios gloriosos (Quarta-feira e Domingo)
Autor: Dom Estêvão Bettencourt
 
A Origem da Oração “Salve Rainha”

Testo extraído do site Mensagens Cristãs
      
A “Salve Rainha” é uma das orações mais populares entre os católicos.
De tão repetida, é rezada às vezes, de forma maquinal, sem que se sinta da profunda emoção que a percorre do princípio ao fim. Por isso, para recuperar toda sua vibração original, pode ser útil analisar, uma por uma, as estremecidas palavras que a conformam.
Quem compôs esta prece tinha uma experiência muito viva das misérias da vida humana.
Nesta prece “bradamos” como “degredados”, “suspiramos gemendo e chorando”, vemos o mundo como “um vale de lágrimas”, como um “desterro”…
Entretanto, essa melancólica visão da vida acaba dissolvendo-se num sentimento de doce esperança que a ultrapassa e domina. Com efeito, se ao considerar a condição humana, o autor da prece só vê motivos de tristeza, ao fixar sua atenção naquela a quem a dirige, mostra-se animado por um horizonte de expectativas reconfortantes e consoladoras, pois ela, a Virgem Maria, é “mãe de misericórdia”, “vida, doçura, esperança”, “advogada” de “olhos misericordiosos”…
Captaremos melhor o estado de ânimo de que brotou esta comovente oração se lembrarmos quem a compôs e em que circunstâncias. Ela é atribuída ao monge Herman Contrat que a teria escrito por volta de 1050, no mosteiro de Reichenan, na Alemanha. Eram tempos terríveis aqueles na Europa central: sucessivas calamidades naturais, destruindo as colheitas, epidemias, miséria, fome e morte por toda parte… e, como não se bastasse, a ameaça contínua dos povos bárbaros do Leste que invadiam os povoados, saqueando e matando, destruindo tudo, inclusive igrejas e conventos. Frei Contrat tinha consciência da infortunada época em que vivia, mas tinha outras razões, além das agruras da vida de seus
contemporâneos, para a aflição e o desconsolo. E não podia fechar os olhos para elas, pois as carregava no seu corpo: ele nascera raquítico e deforme; adulto, mal conseguia andar e escrevia com dificuldade, de mirrados que eram os dedos das suas mãos.
Foi no fundo de todas as misérias, as próprias e as alheias, que a alma de Frei Contrat elevou à Rainha dos céus essa maravilhosa prece, carregada de sofrimento e esperança, que é a “Salve Rainha”. Mas, se foi capaz de fazê-lo foi porque, no mais íntimo de seu ser cintilava, sobre a paisagem desolada do mundo, a figura esplendorosa e amável da Mãe de Jesus… Contam que, no dia do seu nascimento, ao constatarem o raquitismo e má formação do bebê, seus pais caíram em prantos. Sua mãe Miltreed, mulher muito piedosa, ergueu-se então do leito e, lá mesmo, consagrou o menino à Mãe de Deus.
Consagrado a Ela, foi educado no amor e na confiança em relação a Ela.
E foi com essa bagagem na alma que anos mais tarde foi levado (de liteira, pois continuava sendo um deficiente físico) até o mosteiro de Reichenan, aonde com o tempo chegou a ser mestre dos noviços, pois o que tinha de inapto seu corpo, tinha de perspicaz seu espírito.
Quando veio a ser conhecida pelos fiéis a “Salve Rainha”  teve um sucesso enorme e logo era rezada e cantada por toda parte. Um século mais tarde, ela foi cantada também na catedral de Espira, por ocasião de um encontro de personalidades importantes, entre elas, a do imperador Conrado e a do famoso São Bernardo, conhecido como o “cantor da Virgem Maria”, pelos incendidos louvores que lhe dedicava nos seus sermões e escritos (ele foi um dos primeiros a chamá-la de “Nossa Senhora”). Dizem que foi nesse dia e lugar que, ao concluir o canto da “Salve Rainha” (cujas últimas palavras eram “mostrai-nos Jesus, o bendito fruto do vosso ventre”), no silêncio que se seguiu, ouviu-se a voz potente de São Bernardo que, num arrebato de entusiasmo pela mãe do Senhor, gritou, sozinho, no meio da catedral: “ó clemente, ó piedosa, ó doce sempre Virgem Maria”… E a partir dessa data estas palavras foram incorporadas à “Salve Rainha” original.
Nos quase mil anos que se passaram desde que Herman Contrat compôs a “Salve Rainha” uma multidão incontável de fiéis tem se identificado como os sentimentos que ela expressa, vivendo desde sua aflição a doce esperança que inspira sempre a figura amável e amada da Mãe do nosso Salvador. 
Fonte: http://www.tercodoshomens.com.br/artigos/histerco.htm

segunda-feira, 12 de abril de 2010

How to become a living walking copy of Mary Communication of the spirit of Mary By Saint Louis de Montfort

The soul of Mary will be communicated to you to glorify the Lord. Her spirit will take the place of yours to rejoice in God, her Savior, but only if you are faithful to the practices of this devotion.

04_Sacred Image_022610

As St. Ambrose says, "May the soul of Mary be in each one of us to glorify the Lord! May the spirit of Mary be in each one of us to rejoice in God!" "When will that happy day come," asks a saintly man of our own day whose life was completely wrapped up in Mary, "when God's Mother is enthroned in men's hearts as Queen, subjecting them to the dominion of her great and princely Son? When will souls breathe Mary as the body breathes air?"

When that time comes wonderful things will happen on earth. The Holy Spirit, finding his dear Spouse present again in souls, will come down into them with great power. He will fill them with his gifts, especially wisdom, by which they will produce wonders of grace. My dear friend, when will that happy time come, that age of Mary, when many souls, chosen by Mary and given her by the most High God, will hide themselves completely in the depths of her soul, becoming living copies of her, loving and glorifying Jesus?

That day will dawn only when the devotion I teach is understood and put into practice. Ut adveniat regnum tuum, adveniat regnum Mariae: "Lord, that your kingdom may come, may the reign of Mary come!"

To learn how to practice True Devotion to Mary, as taught by Saint Louis de Montfort, please order your personal copy here:

http://store.tfp.org/products/True-Devotion-to-Mary.html