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segunda-feira, 25 de março de 2013

María, el rosario y el Espíritu Santo

María, el rosario y el Espíritu Santo
Jean Lafrance
Dedico estas páginas consagradas a la meditación del Rosario a María, madre de la oración del corazón. La experiencia me ha enseñado que la presencia de María en el corazón del que reza el Rosario atrae a él la oración del Espíritu Santo, como un horno solar atrae los rayos del sol y alcanza una temperatura de varios cientos de grados.

Es lo que sucedió en el Cenáculo, cuando María unió su oración a la de los discípulos, convirtiéndose así en modelo de la Iglesia en oración: El Espíritu ha puesto fuego a la Iglesia y al mundo llevándolos al más alto grado de incandescencia.

Es un hecho de experiencia que cuando una persona reza el Rosario con confianza y perseverancia, pronto o tarde, siente nacer en su corazón la oración incesante del Espíritu. No sabe ni de donde viene ni adónde va, pero es arrastrada y llevada en su movimiento. Entonces comprende la palabra de Jesús en el evangelio: Hay que orar siempre sin desfallecer (Lc 18,1). Es algo que no se explica, hay que ensayar y ponerse a ello hasta el día en que se recogen los frutos.
El escultor y el aprendiz


En este terreno de la oración del corazón, dice el P. Dehau, Dios actúa un poco al modo de un escultor. Al crearnos, quiere hacer de nosotros hombres de oración incesante, pues sabe que sin él, la vida es una imagen de la muerte. Entonces nos invita, como aprendices, a llevarle barro, mucho barro para que él pueda amasar, trabajarlo y esculpir nuestro verdadero rostro de oración.

En la vida espiritual, el barro corresponde a la cantidad, al volumen de oración; hay que dar a Dios mucho tiempo y muchas invocaciones para que pueda revestir de oro puro la materia informe de nuestra pobre oración y hacer de ella la oración pura de su Espíritu Santo.

Cuando no se puede hacer de la oración un asunto de calidad, dice Anthony Bloom, hay que hacer de ella un asunto de cantidad. Dios se encargará de darle la forma; nosotros, encarguémonos de la materia.
No tratemos demasiado de saber si oramos bien o mal, porque nos pareceríamos a ese aprendiz que quiere ocupar el puesto de su maestro; tratemos más bien de no cansarnos nunca, de no desanimarnos. Podrías estropear el trabajo y echar a perder mi obra maestra. Déjate llevar y conténtate con traerme barro. Ora mucho, y un día te verás sorprendido al recibir la oración del corazón.
En este sentido, el Rosario por su volumen y el tiempo que requiere para rezarlo correctamente, se parece a esa masa de barro informe que se ofrece al Padre para que la trabaje con sus dos manos: El Verbo y el Espíritu Santo (San Ireneo).

El fin de estas páginas es esencialmente pedagógico y concreto; por medio de consejos, de fórmulas breves, de cuadros, quiere ayudarnos a no aburrirnos demasiado rezando el Rosario, y si nos aburrimos, que lo sea profundamente, porque tenemos sed del contacto con Dios y sólo el Espíritu Santo puede darnos el agua viva.

Poco importa que lo digamos bien o mal, que tengamos más o menos distracciones y que no sepamos ya donde estamos; desde el momento que lo rezamos con María y en ella, estamos en el camino de la oración incesante.
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María, el oratorio del corazón

Cuando se está sediento de oración y al mismo tiempo se tiene la impresión de fracasar lamentablemente en ese orar incesante, se acepta como liberadora cualquier palabra que nos de confianza en el camino de la oración continua.

San Luis María Grignion de Monfort aconseja hacerlo todo en María, aconstumbrándose poco a poco a recogerse dentro de sí mismo para formar una imagen de la Santísima Virgen y dice: Será para el alma el oratorio del corazón para hacer allí todas sus oraciones a Dios, sin temor de ser rechazado.
Tiene cuidado de señalar que el corazón es un oratorio, un lugar donde habita el Espíritu Santo, donde el hombre hace todas sus oraciones con la confianza de ser escuchado por Dios. "Oh Dios, tú has preparado en el corazón de la Virgen María una morada digna del Espíritu Santo".

Empleando el plural "oraciones", Grignion de Monfort nos da a entender que el hombre debe orar mucho para acoger el don de la oración cordial. No hay ninguna proporción entre lo que el hombre puede hacer rezando el Rosario y la oración de corazón que el Espíritu puede darle cuando quiere y como quiere.
La Omnipotencia Suplicante

Por eso, después de haber dedicado estas páginas a María, la Madre de la oración del corazón, creo que hay que dirigirse a ella bajo el título Omnipotencia Suplicante.

En efecto, si hay que orar mucho para llegar a la oración del corazón, nunca diremos suficientemente que hay que pedirle mucho para obtener la gracia de suplicar. No basta ponerse de rodillas para que la súplica nos invada como un maremoto que levanta los montes y los lanza al mar, como dice San Pablo de la fe que transporta las montañas.

Fue la Virgen María la que obtuvo para los apóstoles en el Cenáculo la gracia de permanecer y perseverar en la oración, esperando la venida del Espíritu Santo. Es hacia ella donde tenemos que volvernos hoy para obtener el don de la súplica continua. A fuerza de decir: "Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte", un día los cielos se nos abrirán y comprenderemos que María no deje ni un sólo instante de interceder por nosotros.
Por eso estoy íntimamente persuadido de que hay que rezarle bajo la advocación de Nuestra Sañora de la Omnipotencia Suplicante, o, como dicen nuestro hermanos orientales, invocar a la Madre de la oración continua.
Es tal vez la mayor gracia que podamos recibir a lo largo de una vida consagrada a María, o al menos es la puerta del cielo abierta a todas las demás gracias, tanto materiales como espirituales.

Cuando un hombre ha vuelto a encontrar la llave de la súplica permanente, recibe al mismo tiempo el secreto de la felicidad. No está dispensado por ello de resolver sus problemas y de asumir las tensiones de su existencia, pero recibe la gracia de "ver a través" y de vivir en alegría y en paz, como Jesús, bajo la mirada del Padre.

La gracia de este secreto no puede venirle sino de la Virgen María, porque ella ha sido la primera en vivir la oración permanente.
De las últimas apariciones de la Virgen reconocidas por la Iglesia, me impresiona la insistencia de María sobre la oración perseverante: Orad, orad mucho, como si nos entregase el secreto de su propia vida: "María guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón".
Para María la oración del corazón ha sido el crisol en donde ha podido decir al Padre: "Hágase en mí según tu palabra" porque al mismo tiempo ha creído que nada era imposible para Dios. Lo que equivale a decir que María ha vivido la obediencia total de la fe colgada de la voluntad del Padre en la súplica incesante.

La Madre de la Oración continua

A veces me pregunto sobre la profundidad de la relación que podríamos tener con la Virgen María, y me digo que es del mismo tipo que la relación de María con Dios. Es evidente que ha recibido de Dios gratuitamente todos los dones y privilegios que admiramos y contemplamos en ella, a saber la maternidad divina, la concepción inmaculada y la asunción a la gloria del cielo.

Pero lo que es más admirable en ella, es el acto de libertad que le ha llevado a fiarse de Dios y a creer en él. Es lo que el Papa dice admirablemente en la encíclica que escribió, con ocasión del Año Mariano. Para acercar el fiat de María, evoca su obediencia en la fe y vuelve a tomar una expresión de Lumen Gentium (nº 58) que afirma que: "María ha crecido en la fe a lo largo de su peregrinación terrena manteniendo fielmente la unión con su Hijo hasta el pie de la cruz".

Por parte de María, la relación más profunda que ha tenido con Dios ha sido creer en él, en una palabra, fiarse totalmente de él. Y esta fe de María que se expresa de una manera privilegiada en su fiat descansa sobre la solidez y el poder de la Palabra de Dios: Nada es imposible para Dios, dirá el ángel a María cuando pregunte como una virgen puede llegar a ser la Madre del Salvador. Para mostrar la eficacia de su palabra, le dirá: "Mira, también Isabel tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y éste es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios".

La Madre de lo imposible

Apoyándonos en estas palabras del evangelio podemos decir que María ha creído en el Espíritu Santo, Dueño de lo Imposible. Cuando no comprende que una virgen o una mujer estéril pueda ser madre, no discute, sino que invoca al Dueño de lo Imposible. El puede hacer de una mujer anciana la madre del mayor de los profetas.

Cuando no comprende la actitud de Jesús en el Templo, experimenta una particular fatiga del corazón, unida a una especia de noche de la fe, pero no se vuelve rígida ni discute una evidencia superior a la suya, sino que se pone sencillamente a meditar esas cosas en su corazón y consiguientemente a orar.

María no sabe hacer más que esto: orar para abandonarse a la voluntad del Padre en silencio. En este sentido, es el modelo y la madre de la intercesión; por eso hay que rezarle bajo el título de Omnipotencia Suplicante o de Madre de lo imposible.
El amor maternal de María la hace estar atenta a los hermanos de su Hijo que continúan su peregrinación de fe y que se encuentran comprometidos en sus pruebas y luchas: ella intercede en su favor. De este modo, su amor maternal se concreta en su presencia a nuestro lado y sobre todo por el poder de su intercesión.
Por nuestra parte, nuestro amor filial se expresa por una actitud vigilante para conservar la presencia de María, a través de nuestra acción y de nuestra oración, pero sobre todo por una incansable intercesión que nos mantiene colgados de ella. El amor es el lazo más profundo que tenemos con ella y que se concreta en la Intercesión.
Esta actitud de recurso a la Virgen puede expresarse de muchas maneras, pero la manera más sencilla y más corriente, es ciertamente el Rosario con el que uno se desliza en su intercesión. Esta invocación repetida a lo largo del tiempo nos hace experimentar su presencia actuante: "Jamás se ha oído decir que uno sólo de los que han acudido a vuestra protección, implorado vuestro auxilio y reclamado vuestro socorro haya sido abandonado de vos".

Lo mismo que la intercesión es para nosotros la relación más profunda que nos hace presentes a la Virgen María, igualmente la intercesión de María por nosotros es la relación de presencia más intensa que teje con cada uno de nosotros. María está presente allí donde actúa e intercede.
Una de las mayores gracias que un hombre puede recibir aquí abajo es tener permanentemente la presencia de María. Esto transforma una existencia pues es el Espíritu el que se hace actuante para hacernos experimentar la presencia de María. Para terminar este Prefacio, quisiera dejaros con una de las frases más profundas de Grignion de Monfort sobre la presencia de María: "Ten cuidado una vez más en no atormentarte si no gozas pronto de la dulce presencia de María en tu interior. Esta gracia no se concede a todos; cuando Dios favorece a un alma por gran misericordia, le es muy fácil perderla si no es fiel en recogerse a menudo. Si te sucediese esta desgracia, vuelve suavemente y haz una retractación pública a tu Soberana" (El Secreto de María nº 52).

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